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Cómo vi morir de sida a mi padre y a mi hermano*

Familia de Dunia Orellana.

Treinta años han pasado desde que Roberto, padre de la periodista y documentalista Dunia Orellana, falleció de esta enfermedad. Doce años después, la historia se repitió en 2003 con su hermano Cristian. Este relato basado en hechos reales rescata los acontecimientos que rodean sus muertes

Este texto de Dunia Orellana fue publicado originalmente en la Revista Carátula y es parte del «Taller Virtual de Periodismo LGBTIQ+: De la diversidad sexual a la narrativa queer» convocado por el Festival Centroamérica Cuenta y dictado por el escritor y periodista Cristian Alarcón

 

Por Dunia Orellana

 

DUNIA

Estoy sentada en la mesa del comedor medio a oscuras. La lluvia del huracán Eta golpea el techo por tercer día mientras veo las fotos donde Cristian sale con mi mamá y mis hermanas. Cristian con gorra azul y camiseta negra. Las patillas largas. A Cristian le faltaba un mes para morirse cuando se la tomaron. Fui la última de la familia que lo vio acostado en la cama del hospital Catarino Rivas. La última que lo vio delirar y luchar contra la fiebre.

Yo había salido del periódico para hacer una ronda nocturna en busca de novedades. Lo que menos esperaba era encontrar a mi hermano luchando por su vida en la emergencia del Rivas en San Pedro Sula, Honduras. Era el año 2003 y yo no tenía celular. Regresé al periódico y luego me fui a casa a contarle a mamá.

Nos fuimos al hospital a buscar a mi hermano, pero ya no estaba. Se había escapado.

 

CRISTIAN

Mi hermana está dormida cuando entro a su cuarto. Solo se le ve la cara donde le cae un rayo de luna. De ahí, nomás un bulto debajo de las sábanas. No ronca. No sé si ronco. No me lo ha dicho mamá Marina. Me lo dijo otro novio, pero nadie más. Los tipos con los que me acuesto por dinero no me ven nunca dormido.

Camino suavecito por el piso de cemento. No quiero que mi hermana se despierte. Ojalá fuera el cuarto de mi abuela porque tiene el sueño más pesado, pero la ropa de ella no me sirve. Llego al armario donde guarda los vestidos y abro despacio la gaveta.

La madera suelta un crujidito y me quedo tieso. Me quedo viendo a mi hermana y espero que pegue un salto en la cama. Ya me imagino la cara que va a poner cuando me vea. Pero solo se mueve un poco y se queda quietecita.

Termino de abrir la gaveta y saco lo que ocupo. Dos vestidos, brassieres, calzones, medias. De pasada me llevo un par de zapatos de tacón. En mi cuarto me los voy poniendo. Al final me pongo los zapatos y me veo en el espejo. Me veo regia.

Sin hacer ruido, salgo de la casa de la abuela y me voy por la calle, taconeando, esperando al primer cliente de la noche.

 

ROBERTO

No voy a tener relaciones con vos mientras no te hagás los exámenes, dijo Marina.

Me enojé y discutimos. De noche no pude dormir. Me revolví en la cama. ¿Cuál de las mujeres con las que ando me habrá infectado la maldita enfermedad? No di con ninguna por más que me rompí la cabeza. Me levanté mil veces a orinar y me puse a pensar en lo jodido que es tener sida.

Vaya pues, me voy a hacer la prueba, le dije cuando la vi despertarse.

A esas alturas, casi estaba seguro de que no tenía nada. El día en que íbamos a traer los resultados del examen que venían de Costa Rica, Marina hizo el desayuno para los cipotes y para mí. Andaba uno de esos turbantes que le gustan. Me imaginé la cara de arrepentimiento que iba a poner cuando abriéramos el sobre con las pruebas que nos hicimos ella y yo.

Mientras me tomaba el café, le sentí un gusto amargo. ¿Y si de verdad yo tenía sida?

 

MARINA

Llegaste de día, pero me costó reconocerte cuando entraste. Te veías más flaco y tenías la piel amarilla.

Marina, ¿puedo quedarme?, dijiste.

Sos mi hijo, dije, bien sabés que podés quedarte.

Llevabas la gorra que te gustaba y andabas peludo. Te veías cansado. Fuiste a sentarte en una silla del comedor para platicar con Dunia y tus otros hermanos. La enfermedad se te notaba más, con las llagas en los brazos y todo eso, pero no te molesté con la preguntadera. Nunca te pregunté tampoco con qué hombres andabas.

Te pusimos comidita y te acomodamos en el cuarto del fondo. No comiste mucho. Mandé a limpiar bien. No aguantaste mucho tiempo sentado.

Quiero recostarme, dijiste.

Me fui con vos al cuarto.

Entonces me lo contaste.

 

DUNIA

―Se arrancó el catéter del brazo, agarró su ropa y se fue a escondidas ―dijo la enfermera de turno en el hospital.

Mamá y yo nos quedamos viendo la cama vacía donde unas horas antes había estado Cristian. No era difícil imaginarse lo que pasó: apenas se sintió mejor, agarró su ropa y salió en medio de la noche. No le importó andar débil.

Era la clase de cosas que Cristian estaba acostumbrado a hacer. Vivía la vida como se le antojaba y hacía sufrir a los demás, pero siempre lograba que lo quisieran.

―¿Adónde creés que se habrá ido? ―dijo mamá―. De seguro anda cayéndose de la fiebre. Es necio como tu papá. Y va a terminar igual.

No dije nada. Mamá podía decir muchas cosas peores que esa, pero en realidad no esperaba que uno le contestara. Cuando llegamos a casa, la vi rezarles a la Virgen de la Candelaria y a la Virgen de la Caridad del Cobre. Prendió una vela, a lo mejor por su hijo perdido, a lo mejor por mi papá. No por el de Cristian. Por el mío, el que se murió de sida en un cuarto de la casa de mi abuela el 18 de mayo de 1991.

 

MARINA

Me estoy muriendo de sida, dijiste.

Lo adiviné nomás entraste, pero igual fue el mismo golpe que sentí cuando tuve que enterrar a tu papá Roberto de la enfermedad. Y a tu tío Ernesto también.

No te preocupes, mijo, dije. Yo voy a cuidarte.

Te agarré del brazo y te jalé para que te levantaras.

¿Adónde vamos?, dijiste.

Vos vení, dije. Y te llevé mi cuarto, te arreglé las almohadas y te dije acostate acá. Hoy voy a cuidarte yo como cuando eras cipote y venías de la calle llorando porque te golpeaban los demás niños.

Ibas a decir algo, pero no te dejé.

Lloramos, reímos, nos abrazamos. Fue como volver al pasado, algo bonito, pero que no duró mucho. A los días volviste a irte. Pasaron meses hasta la noche en que fuimos a buscarte al hospital y solo hallamos tu cama vacía.

 

ROBERTO

Nombre del/la paciente: Roberto. Resultado del examen de VIH: positivo.
Nombre del/la paciente: Marina. Resultado del examen de VIH: negativo.

Yo estaba con la mente en blanco. Tenía el papel en la mano y no podía creerlo. Tenía que ser un engaño. Era imposible. ¿Yo, sida? No, no, no. Que revisaran esas pruebas otra vez, que volvieran a hacerlas. ¿A quién querían engañar con eso?

¿Roberto? ¿Roberto?

Era el doctor. Lo oía como si me hablara desde largo.

¿Sí?

Me dice doña Marina que usted y ella tienen una hija menor de dos años.

¿Sí?

¿Tienen una hija menor de dos años, Roberto?

Sí, tenemos una.

Tienen que hacerle la prueba a ella también.

¿A quién?

A su hija, dijo el doctor. Para descartar que tiene el virus. En una semana tendrían los resultados.

Yo tenía sida. Marina no. No había vuelta de hoja. El papel lo decía claramente. En ese momento me cayó el veinte. Casi me atraganté cuando recordé a mi hija jugando con sus muñecas y me la imaginé muriéndose. Igualito como iba a morirme yo.

 

CRISTIAN

Un gorrión chupando miel tatuado en la nalga y un puñal tatuado en el pecho. Así es como estos pinches mexicanos te marcan en la cárcel para que todos sepan que sos marica, que eres un pinche joto.

Para que lo tengas siempre en la mente. Siempre en mi mente, como dice Juan Gabriel, me dijeron los que me agarraron a la fuerza en la crujía y me llevaron a rastras a aquel rinconcito donde pasaba de todo.

Ahí en lo oscuro me marcaron. Para que cualquiera que me vea sin camisa sepa ahí nomás que soy del otro bando. Porque ya verte con los pantalones bajados es otro cuento. Porque ahí de qué sirve tener tatuaje, ¿no?, si por tu propio gusto te bajas los pantalones para que te lo hagan.

Fue en el 96. Pero como si hubiera pasado anoche, mamá.

¿Y te hicieron mucho daño, mijo?, preguntó mamá Marina.

Qué fue el daño que no me hicieron, mamá. De todo, pues. En el bote me acabaron de joder. Esos mexicanos me agarraron como su pinche monigote.

Ay, mijo, dijo mamá Marina, pero ya estás de regreso acá, ¿no?

Porque usted pagó diez mil lempiras para que me sacaran del bote. Si no, quién sabe.

Sh, ya estuvo, mijo. Olvídate de eso. Dormite tranquilo, como si fueras niño otra vez.

 

DUNIA

Nunca volvimos a ver a Cristian.

Mamá pasó meses viendo los noticieros. Esperaba ver el nombre de Cristian en una noticia de policiales. “Matan a travesti trabajador del sexo”.

Tiempo después supimos que murió de sida, pero no sabemos dónde está enterrado.

 

 

*Publicado originalmente en la edición 102 de la Revista Carátula

 


 

Dunia OrellanaDunia Orellana Honduras, 1983
Periodista, documentalista y escritora. Trabaja en su primera novela basada en la historia del VIH y los movimientos de la diversidad sexual en su país. Fundó y dirige desde el 2020 Reportar Sin Miedo, el primer medio LGBTIQ+ en Honduras. Sus artículos han sido publicados en El Tiempo de Colombia, Univisión, Presentes, entre otros. Su investigación «Las 280 muertes de Vicky» sirvió de base documental para que la Corte IDH levantara un juicio contra el Estado de Honduras por la muerte de Vicky Hernández, una mujer trans, y otras personas de la comunidad LGBTI+

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Reportar Sin Miedo

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