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Malacatán: el futuro se va tras los pasos de papá

¿Cómo es migrar en Guatemala? ¿Qué les pasa a los guatemaltecos que se van  de su país con la esperanza de una mejor vida? ¿Qué nos cuentan los que se quedan atrás, esperando que sus seres queridos logren sus sueños… o lo pierdan todo en la dura travesía hacia el norte?

Esta primera parte del especial titulado «El futuro se va», compuesto por cinco reportajes, responde estas preguntas y nos permiten echar una ojeada al mundo de los migrantes guatemaltecos

Por Kimberly López

Este reportaje se publicó originalmente en la revista guatemalteca Quorum 

Malacatán, Guatemala. La historia de Kevin y Miqueas es la de cientos de niñas, niños y adolescentes del municipio fronterizo de Malacatán, en San Marcos, Guatemala. Inevitablemente parecen decididos a seguir el camino de su padre, un hombre que a los 24 años desapareció en Estados Unidos. En la migración ven su futuro lejos de la pandemia, de la falta de empleo, de la vida precaria en que nacieron.

Cristina Bravo se echa a llorar cada vez que alguien menciona el nombre de Juan Carlos, su hijo. Han pasado ocho años desde que él desapareció y Cristina, de 70 años, aún se pregunta si lo volverá a ver.

Sabe que su hijo llegó a suelo estadounidense, que encontró trabajo en una empresa de construcción y que, de un día para otro, dejó de llamar. Está segura que algo malo tuvo que haberle pasado porque la meta de Juan Carlos siempre fue migrar, para darle una mejor vida a su familia. A su esposa, Celia Gómez, y a sus dos hijos, Miqueas y Kevin.

Celia es una mujer joven, de 33 años, que ahora no sabe con claridad si sigue casada, si es viuda o si su esposo la abandonó.

“Él no los abandonó, mija, es el destino. Dios sabe porqué hace las cosas. Mi hijo no te abandonó”, le repite cada cierto tiempo su suegra, quien todavía confía en que Juan Carlos volverá al caserío San Juan Miramar, ubicado en la periferia del municipio de Malacatán.

Celia no podía quedarse con la expectativa para siempre. Consiguió un trabajo en el campo, dejó la casa en la que vivía con su esposo y regresó a la casa de su mamá, Felipa Ramos, una señora de 65 años, cabellos blancos, manos arrugadas y venas hinchadas.

“Esta es una casa de mujeres solas”, dice Felipa. Y es que, por alguna u otra razón, sus seis hijas son madres solteras. Son 18 personas, entre madres y niños, quienes viven en esa casa de paredes rústicas, techo de lámina y piso de tierra, oculta entre árboles frutales y caminos de terracería.

 

“Se me fue mi yerno, no sé si lo mataron o se perdió”, dice Felipa Ramos, vecina del caserío Ebenezer.

Malacatán está ubicado en el departamento de San Marcos, a más de 300 km de la Ciudad de Guatemala. Es un municipio pequeño. Si sus 90 mil habitantes se fueran a Estados Unidos, cabrían cómodamente en el Rose Bowl Stadium de Los Ángeles.

Acá, en Malacatán, el 91% de esa población vive en condiciones similares a las de Felipa y Celia, en el área rural, en casas con poco o ningún acceso a servicios básicos.

El centro de Malacatán es un poco diferente. Hay todo tipo de comercios, bancos, escuelas y edificios de gobierno. La vida del municipio está marcada por su condición de ciudad de paso. Se ubica justo en la frontera entre Guatemala y México y por eso las diferencias culturales son casi imperceptibles. A los niños les dicen “chamacos” —como en México—, las calles principales están llenas de ventas de tacos y las camisolas de equipos mexicanos de fútbol son igual de comunes que las de equipos guatemaltecos.

La frontera natural entre Guatemala y México es el río Suchiate, que cada año cruzan miles de migrantes centroamericanos, sudamericanos e incluso africanos, como parte de su travesía para llegar a Estados Unidos.

Es imposible cuantificar cuántas personas cruzan huyendo de la falta de oportunidades y la pobreza de Malacatán. El número de familias que la migración ha desintegrado también es una incógnita. Sin embargo hay dos datos que ofrecen indicios sobre ese fenómeno.

El año pasado, a pesar de las restricciones impuestas por la pandemia, San Marcos, el departamento en el que se ubica Malacatán, fue el segundo con más retornados desde Estados Unidos, por vía aérea; y el primero con más retornados desde México, por vía terrestre. En su mayoría, fueron hombres quienes fueron deportados.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), después de Guatemala, San Marcos es el departamento con más beneficiarios de remesas en todo el país. La mayor parte de esa población son mujeres que quedaron a cargo de familias divididas.

Mujeres como Felipa, Celia y sus cinco hermanas. Pese a todo, en esa casa de “mujeres solas” hay un espíritu alegre. Entre tantos niñas y niños, las tardes se vuelven espacios de bromas y juegos. La ausencia de sus padres pareciera ser una sombra con la que ya se acostumbraron a convivir.

Celia Gómez relata que ha sido difícil alimentar a sus cuatro hijos y vivir con la incertidumbre de qué ocurrió con su esposo, Juan Carlos.

La tierra

Si alguien conoce Malacatán como la palma de su mano, ese es Ambrosio López, un hombre de 59 años que se define como una “persona de campo”. Al mediodía se puede quitar el sombrero y el sol intenso no lo perturba.

Conoce tan bien el municipio porque durante la mitad de su vida ha sido parte de la Asociación Campesina de Desarrollo Integral, una agrupación que nació con el único fin de resolver un problema agrario que data de mediados del siglo pasado.

Las y los padres y abuelos de Ambrosio vivieron la pesadumbre de perder las tierras que recibieron durante la revolución guatemalteca (1944-1954). El fin abrupto de ese periodo, debido a un golpe de Estado patrocinado por Estados Unidos, marcó la vida de muchas familias que fueron expulsadas y se quedaron sin tierra.

Para las familias agricultoras, vivir sin tierras es carecer no sólo de una fuente básica de ingresos, sino sobre todo de alimento seguro para su mesa. El año pasado el departamento de San Marcos reportó 1 mil 150 niñas y niños desnutridos; y este año van más de 500.

“Estamos abandonados”, resume Ambrosio. Años atrás, él también probó suerte saliendo del país. Primero en México, en donde no ganaba más de 10 pesos (US$0.50) por cortar calabazas. Luego llegó a Estados Unidos pero fue deportado. Este intento le costó tres días detenido y los Q10 mil (US$125) que había invertido en el viaje. El equivalente a la paga de 240 días de trabajo, de jornadas de ocho horas limpiando terrenos bajo el sol.

Q40 (US$5) es el pago diario que personas como Ambrosio o Celia Gómez, reciben de parte de los finqueros locales urgidos de mano de obra. El dinero no alcanza para alimentar a una familia. Tampoco hay muchas opciones de encontrar un mejor empleo.

La mayor alternativa es el comercio informal de todo tipo de productos mexicanos, que en su mayoría entran de contrabando. En 2020 esa fuente de ingreso quedó bloqueada por la pandemia del coronavirus. Cientos de familias fueron obligadas a paralizar sus actividades comerciales, su única fuente de ingreso, por meses. Los más afectados fueron los pequeños restaurantes que ofrecen comida a los comerciantes que llegan de paso.

Ambrosio López camina cuesta arriba para llegar a la escuela del caserío Ebenezer.

Todas las pandemias

La pandemia aún está lejos de desaparecer. En junio de 2021, Malacatán registró 1 mil 80 casos positivos y 43 fallecidos por Covid-19 y el municipio se encuentra en alerta roja sanitaria.

A pesar de la pandemia, las personas de Malacatán, como en muchas otras partes de Guatemala, parecieran no temerle a las muertes por Covid-19. De hecho, la percepción de las autoridades de salud locales es que la mayor parte de la población duda de que exista la pandemia. La falta de campañas de prevención se traduce en escepticismo y caras sin mascarillas en cada calle y sendero de este municipio.

Otra pandemia a la que poca atención se le pone es a la del VIH. Malacatán es el cuarto municipio a nivel nacional con más cantidad de contagios. Para atender las dos pandemias y las necesidades de 90 mil habitantes solo hay tres puestos de salud, tres médicos, 15 enfermeros profesionales y 150 auxiliares.

En medio de la crisis sanitaria, los problemas para encontrar trabajo en Malacatán se agudizaron y hubo quienes migraron a México pese a los peligros de contagio. Entre ellas la mamá de Yasmín Adriana Martín, una niña de 10 que también vive en la casa de doña Felipa.

Desde hace poco más de un año, Yasmín se quedó a cargo de sus dos hermanas y bajo la vista de su abuela Felipa. Su mamá, de 40 años, se cansó de buscar trabajo y se fue a Tapachula, en México, donde trabaja haciendo como empleada doméstica. Una vez al mes cruza el río Suchiate para ver a sus hijas y traer dinero para ellas y el resto de la familia.

“Cuando sea grande me gustaría ayudarle a mi mamá para que ella se esté en la casa”, anhela Yasmin. A su corta edad su principal sueño es relevar a su mamá en México y ser quien trabaja por su familia. El rostro de la niña le cambia de semblante cuando dice que no viven juntas, que ella vive lejos.

En el área rural de Malacatán las familias viven en situación de pobreza, sin energía eléctrica y utilizan el agua de lluvia para cocinar.

Un estudio sobre migración, realizado por Oxfam, señala que las mujeres tienden a migrar a lugares más cercanos que los hombres. Quienes migran a estados fronterizos de México pueden estar más cerca de sus familias pero también ganan menos y en pesos, una moneda con menos valor que los quetzales guatemaltecos.

A pesar de que la mamá de Yasmin trabaja para su familia, sus hijas en Guatemala cuentan únicamente con lo básico, con el atol y los frijoles diarios y con recursos casi nulos para otras necesidades como la educación o la salud. Yasmin vive en una casa con piso de tierra, sin energía eléctrica, con techos de lámina y una letrina como sanitario.

Distinto es el caso de Emily Ramírez, de 10 años. Su papá vive en Los Ángeles desde hace 20 años; y aunque lo extraña sabe que sin las remesas que envía cada quince días Emily no podría celebrar sus cumpleaños con globos, música, sorpresas, invitados y regalos.

A diferencia de la de Yasmin, su casa sí ha experimentado mejoras. Es una vivienda grande ubicada en el centro de Malacatán, con un portón al frente y un patio amplio en el que su mamá instaló una “paca”, una venta de ropa de segunda mano enviada desde Estados Unidos. La ropa, los zapatos y los accesorios no les hacen falta a ningún miembro de la familia.

A Emily le gusta comer tacos y lo hace con mucha frecuencia. Sus dos perritas también tienen una comida favorita: el “Pollo Pinulito”, un pollo frito bastante barato. La familia de Yasmin no podría darse ese gusto.

Ambas niñas viven a pocos kilómetros de distancia pero sus mundos son muy lejanos.

La familia de Emily Ramírez se sostiene gracias a las remesas y un negocio de ropa americana, instalado en el patio de la casa.

La vida a oscuras y la educación

Hace tiempo, Celia dejó de lamentarse por la ausencia de su esposo y de cuestionarse qué hubiera pasado si él no hubiera desaparecido. Se convenció de que la vida debía seguir y se resignó a sostener a su familia desde Guatemala. Con los Q40 diarios que puede ganar el campo sabe que nunca le alcanzará para alimentar a su familia y ahorrar para poder pagar “el salto” a Estados Unidos.

Ese salto cuesta entre Q10 mil y Q15 mil. “Nosotros no alcanzamos a reunir eso ni en tres meses. Imagínese juntar tanto dinero para poder viajar”, dice con frustración.

Aunque ha logrado sobrevivir durante estos ocho años, la vida en Malacatán no es fácil. “Aquí no tenemos energía, aquí madrugamos, todo es con candela. Aquí no podemos contar con tubería para que el agua llegue a la casa, casi no hay apoyo del gobierno. Y gracias a Dios ha llovido porque esa es el agua que tenemos para tomar”, explica Celia.

Algo tan sencillo como cargar un teléfono para poder hacer una llamada, es un trámite complicado. Desde el casco urbano, cada día, suben vehículos que recogen teléfonos y los cargan por Q5. Otras personas brindan ese servicio y cargan celulares y demás aparatos con motores a base de gasolina.

Desde enero de 2021, Felipa, Celia y otras 30 mil personas de 86 comunidades de Malacatán, viven sin servicio eléctrico. La Distribuidora de Electricidad de Occidente S.A. (DEOCSA) suspendió el servicio argumentando la falta de pago por parte de los vecinos y la presencia de conexiones ilegales al tendido eléctrico.

El problema va más allá de eso, aclara Guillermo Díaz, uno de los vecinos afectados. Los comunitarios, explica, no están exigiendo luz gratuita, simplemente montos acordes al consumo de energía. Según algunas familias, la decisión de no pagar fue consecuencia de un incremento irracional en el costo impreso en los recibos.

Este conflicto se vive en casi toda Guatemala y el Estado permanece al margen. Solo la Procuraduría de los Derechos Humanos entabló un proceso legal contra la empresa para obligarla a reconectar el servicio pero en el país estos casos pueden durar incluso años.

En el caserío Ebenezer, desde hace tres meses, las familias viven sin energía eléctrica. Se han organizado para solicitar acciones al gobierno local y central, pero no han sido escuchados.

Mientras tanto el día seguirá siendo más corto para las familias de Malacatán que, ante la falta de luz, se meten a la cama a las 6 de la tarde a esperar que el sueño llegue. Sin energía eléctrica también es impensable adaptarse a la educación a distancia, que se impuso a partir de la pandemia.

Desde su escritorio, Vilma Johana López, directora de la escuela del parcelamiento La Democracia, explica que una cuarta parte de las niñas y niños no tienen posibilidad de conectarse a plataformas virtuales, enviar tareas por internet o plantear consultas por WhatsApp. Durante este año, dice, veinte de los 705 alumnos de su escuela abandonaron los estudios.

A unos cuantos kilómetros, en la única escuela exclusiva para niñas, a un costado del bullicioso mercado, la directora Claudia Hernández también lucha por retener a sus alumnas.

“Tenemos que hacer visitas domiciliarias para apoyar a las niñas. Ahí les ayudamos a hacer las tareas porque algunos padres y madres de familia no saben leer”, explica Claudia quien lleva 12 años a cargo de la escuela.

En las aulas de su escuela, puntualiza la directora, hay alrededor de 40 alumnas. Y de ellas solo 30 se conectan a las clases virtuales porque el resto no tienen celular, energía eléctrica o acceso a internet.

Según el Ministerio de Educación, en el municipio 7 de 10 niñas y niños en edad escolar se encuentran estudiando pero la mayoría solo termina la educación primaria. En Malacatán es común que las y los menores estudien y trabajen lustrando zapatos, atendiendo puestos en el mercado, vendiendo de puerta en puerta o realizando trabajos domésticos.

Mucho antes de la pandemia, las directoras ya se enfrentaban a otro gran reto: explicarle a sus alumnos y alumnas los riesgos de migrar. Saben que sus expectativas comienzan desde corta edad. Los imparten charlas pero no son suficientes. Puede más el deseo de reunirse con sus familiares.

Víctor García, director de la Escuela “15 de septiembre”, relata que la migración es un tema frecuente entre los estudiantes. Aspiran a dejar el país para mejorar la calidad de vida de sus familias.

En la Escuela de Varones “15 de septiembre”, el año pasado dos alumnos de quinto primaria migraron para reencontrarse con sus familias. Pese a los peligros, cruzaron la frontera y lograron llegar con vida.

No pudieron terminar el año junto al resto de sus compañeros pero se consolaron mandando dinero para la celebración de la clausura. “Y eso que las celebraciones estaban prohibidas pero ellos dijeron: Muchá, para que celebren, ahí va algo”, relata  Víctor García, el director de la institución que lleva un nombre lleno de patriotismo mientras él luce una camisa con la bandera de Estados Unidos.

El ciclo que se repite

En el caserío Ebenezer, entre los brazos de Celia Gómez llora una bebé de dos años. Es su hija menor. Cuatro años después de la desaparición de Juan Carlos, conoció a alguien más con quien tuvo dos hijos.

Aprovechando que la niña dejó de llorar, Celia emprende el camino a la casa de su suegra, en el caserío San Juan Miramar.

Fue a buscar una fotografía, algún recuerdo de su esposo perdido.

Aunque la vida ha sido dura con Celia, ella conversa siempre con un semblante amable y una mirada apacible. Por más que busca entre sus cajones, no encuentra una foto, una prenda, carta o señal de que alguna vez tuvo un esposo. De él sólo le quedaron dos hijos: Kevin, de 15 años, y Miqueas, de 14.

Kevin aún lo recuerda con mucho cariño pero Miqueas guarda cierto recelo.

“Él me dice: Mi papá se fue porque quiso, aquí hubiéramos comido aunque sea con sal pero hubiéramos comido. Sabríamos que tenemos a nuestro papá. Ahora no sabemos si papá vive o está muerto”, dice Celia sobre Miqueas, o Micky, como todos le llaman de cariño.

Miqueas Bravo, o “Micky”, sueña con tener su propia panadería en Estados Unidos.

En contraste, Kevin aún guarda las esperanzas de verlo. “Mi hijo mayor le dice: No hermano, no pierda las esperanzas porque algún día vamos a volver a ver a papá, yo sé, mi corazón me lo dice, que mi papito está vivo, yo lo presiento”, añade, con el temor de que su hijo esté guardando falsas esperanzas.

Su otro mayor miedo es que sus hijos padezcan hambre o sufran a causa de la pobreza. Por eso cuando la comida escasea, Celia deja de comer para que sean ellos los que se alimenten. Después de todo “eso es lo que hace una madre por sus hijos”.

En medio de la pobreza, el difícil acceso a la educación, la ausencia de servicios básicos y de fuentes de empleo, criar a dos niños en Malacatán no ha sido fácil para Celia.

A eso se suman otros problemas que parecen imperceptibles en la zona. Por ejemplo, la facilidad con la que el narcotráfico avanza en las fronteras, el hecho de que el 75% de las violaciones que se denuncian en la localidad, sean contra menores de edad; o que Malacatán sea un punto estratégico para la trata de personas. En el departamento de San Marcos, durante los últimos 9 años desaparecieron 351 menores, de las cuales 207 eran niñas.

Ese contexto incide en la percepción y sueños de las niñas y niños, explica Sofía Figueroa, una psicóloga experta en migración y niñez. “Saben que la única forma de tener dinero es migrando a Estados Unidos y hacer lo que toque allá, sin importar las consecuencias”, señala.

Mientras crecen, también tienen que lidiar con el sentimiento de abandono, la soledad y la culpabilidad que genera la partida de alguno de sus papás. Esto provoca que estén ansiosos por crecer para irse. “Es una idea muy triste del futuro. Piensan: Tengo que irme para producir dinero. No se van para estar mejor porque quien se va llega a pasar penas y dificultades”, apunta Figueroa.

Micky no está tan seguro de querer irse. Ante la pregunta responde de inmediato que no. “Me gusta aquí porque se vive tranquilo”, argumenta. Es tímido pero también bromista. Por ser el mayor entre sus primos sus bromas hacen eco en los más pequeños. Y él sonríe como orgulloso de su sentido del humor.

Celia Gómez sostiene entre sus brazos a su hija menor, de 2 años.

A diferencia de Kevin, Micky no guarda el anhelo de conocer a su papá. Algunas veces le ha confesado a Celia que así está bien, sin papá, porque vive tranquilo y porque ya está grande.

Minutos más tarde medita de nuevo y se retracta. Piensa que quizá no sea tan mala idea migrar, que de irse a Estados Unidos abriría su propia panadería porque le gusta el pan.

El niño migrante

Hace un año, Micky asistía fielmente a la escuela. Pero en Ebenezer las clases se suspendieron y la escuela quedó abandonada con la llegada de la pandemia. Si es que la educación retorna a la normalidad, él volverá, al menos para terminar la primaria.

Kevin, su hermano, no podrá hacerlo porque dejó la escuela para poder asumir un rol que contrasta con su corta edad. Desde los 13 años, dice Celia, Kevin se convirtió en un hombre, cuando comenzó a vivir el riesgo de cruzar en balsas hacia México para ir a trabajar y regresar con dinero para su mamá.

”El trabajo lo ha hecho hombre”, insiste Celia.

Al principio, Kevin cruzaba y a los tres días volvía con un poco de dinero. Pero ahora tiene un trabajo en una panadería en Tapachula (justo el negocio con el que sueña Micky). Desde entonces, el niño que hace el papel de un hombre, trabaja de lunes a viernes, vuelve a Guatemala los sábados, deja los Q200 que gana y regresa a su trabajo el domingo por la tarde.

Cada domingo, Celia o a veces doña Felipa, acompañan a Kevin en su camino. Al llegar al río Suchiate pagan Q20 para que pueda cruzar arriba de una balsa rústica, hechas de tablas y llantas de carro. Kevin y su mamá toman una de esas, rogando que nadie los detenga porque no tendrían dinero para arreglar su situación ante las autoridades de migración.

En Malacatán, las mujeres se convierten en madres a los 20 años y tienen, en promedio, 5 hijos, según datos censales.

“A veces me da pena y por eso yo lo voy a encaminar, porque con esto de la migración imagínese que me lo agarran, ahí me lo tendrían encerrado hasta dos meses”, dice Celia. En parte, confiesa, se siente contenta porque él está ganando dinero y porque allá le dan comida.

Aunque su papá desapareció después de migrar, Mickey y Kevin están dispuestos a continuar el mismo ciclo.

“Desde pequeños ellos ven que la única oportunidad de ascenso social y de aspirar a algo es la migración”, dice Úrsula Roldán, directora del Instituto de Investigación y Proyección sobre Dinámicas Globales y Territoriales de la Universidad Rafael Landívar. Y lo hacen a pesar de todo, del miedo y de los peligros conocidos que hay en las fronteras.

Prefieren ese riesgo porque lo hacen caminando hacia el futuro, prefieren eso a quedarse esperando la muerte en Guatemala. “Es como ocurría durante la pandemia, cuando la gente se arriesgaba a salir porque decían: Bueno, igual  nos vamos a morir por otra causa, mejor salimos a buscar la vida”, resume Roldán.

Kevin tiene un sueño más ambicioso que cruzar solo por trabajo y dinero. Su motivación es un día poder llegar a Estados Unidos. En varias ocasiones le ha dicho a su mamá: “Mamita, cuando yo esté grande voy a ir para allá a buscar a mi papá aunque sea debajo de las piedras”.

A Celia le gustaría apoyarlo pero el solo intento de cruzar es un lujo que no pueden darse por el gasto que implica pagar a un ‘coyote’, si apenas tienen para la comida.

Desde la casa sobrepoblada, la casa de las mujeres, Celia sueña con un día tener su propio hogar y estar cerca de todos sus hijos. Hay días en los que también sueña con que Juan Carlos regrese.

“A veces tengo la esperanza de que sí está vivo y luego la pierdo porque pasan y pasan los años y no sabemos nada de él. Si supiera que ya está muerto pues al menos tendría donde llorarlo”, cuenta.

Mientras su mamá habla, sentado sobre la mesa, con crayones en mano, Micky sueña, a su manera. Dibuja la vida que se imagina en Estados Unidos: una colonia con casas grandes, en la que la suya es la más vistosa. A unos metros dibuja también su propia panadería, su futuro.

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