Compartir
Suscribirse
a nuestro
newsletter

Mi abuela hizo el esfuerzo, el Estado no

A mi abuela le tocaba votar en el tercer piso. Dijo suavemente: “No puedo”. La democracia no le dejó espacio […]

[Estamos en WhatsApp. Únete al canal]

A mi abuela le tocaba votar en el tercer piso. Dijo suavemente: “No puedo”. La democracia no le dejó espacio

Por Nazareth Gómez

Tegucigalpa, Honduras. La mañana empezó con ilusión. Mi abuela llevaba veinte años sin votar y lo había decidido: esta vez quería hacerlo. Con 89 años, su bastón en mano y la convicción de que valía la pena, nos pidió que la lleváramos a su centro de votación.

Llegamos a la escuela Ramón Rosa, en el barrio Morazán de Tegucigalpa. Lo primero que vimos fueron filas interminables, personas cansadas, sentadas en los bordes, jóvenes hablando de la espera, algunos adultos revisando su celular para matar el tiempo. Aquello no parecía un centro de votación: parecía una estación detenida donde no se sabía quién llegaría primero, ni cuándo.

Buscamos la mesa correspondiente: a mi abuela le tocaba en el tercer piso. No hubo opción ni alternativa, el lugar estaba organizado así y debíamos adaptarnos. Ella respiró profundo y se apoyó más fuerte en el bastón. El problema no era solo subir, era llegar: las escaleras estaban ocupadas por personas esperando su turno para votar, el trayecto se volvía cada vez más angosto y difícil para alguien de su edad.

El camino era hostil para su edad y su cuerpo. Preguntamos si podía votar abajo o si había algún mecanismo para personas mayores. No hubo respuestas claras. Nadie ofreció alternativas, nadie explicó procedimientos, la única instrucción era seguir hacia arriba. Mi abuela se quedó en silencio, dio media vuelta y dijo suavemente: “No puedo”. No era un capricho ni un temor, era una decisión basada en los hechos: la democracia no le había dejado espacio.

Salimos del centro sin ejercer el voto. Afuera, el ruido de los carros y la gente contrastaba con la calma resignada de mi abuela. Caminaba lento, pero con dignidad. Yo la miraba intentando no enojarme. Después de veinte años, la motivación había estado ahí, el esfuerzo también, lo que falló fue el sistema.

Ese día entendí que el derecho al voto no se quiebra solo con violencia, con intimidaciones o con fraude. También se quiebra con logística negligente, con centros mal habilitados y con decisiones que olvidan a quienes caminan más despacio. Honduras habla de democracia, pero la coloca en el tercer piso sin ascensor, habla de participación, pero organiza filas hasta en las gradas, habla de inclusión, pero no piensa en la realidad de la tercera edad.

Mi abuela no votó, y no fue porque no quiso: fue porque la democracia hondureña decidió que no había espacio para ella en el primer piso. Porque el derecho deja de ser derecho cuando solo es accesible para quienes pueden subirlo.

Suscribirse
a nuestro
newsletter
Scroll al inicio

Descubre más desde Reportar Sin Miedo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo