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Amasar, hornear y compartir el pan

La comida y los recursos para vivir dignamente faltan, no porque no alcancen, sino porque hemos perdido el sentido de […]

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La comida y los recursos para vivir dignamente faltan, no porque no alcancen, sino porque hemos perdido el sentido de la Vida, el don de compartir y hacernos pueblo

Por Ismael Moreno, SJ

Fotos: Radio Progreso

El Progreso, Yoro. Un día de estos, teniendo de fondo la bullanguera electoral, encuentros de presidentes latinoamericanos, los aranceles y deportaciones y la noticia de una fiesta convertida en tragedia mortal colectiva, unas 35 personas 一mujeres, hombres y niños— sudamos la gota gorda en torno a un horno anclado en una zona rural, al sur de la ciudad de El Progreso. Teníamos como telón el chis chis de un ligero aguacerito 一extraño en abril一, el verdor de aguacates, milpa, caobas, caña, cacao, el rumor de la quebrada y el trinar de los pájaros.

La tarea era amasar y hornear pan para compartir entre las familias.   Con la orientación de dos panaderas, toda la gente nos pusimos a trabajar con entusiasmo y armonía. Más atrás, donde termina la galera, en una hornilla, se hacía café, tortillas, y se preparaba una gran olla de sopa de capirotadas para el almuerzo compartido.

Entonces dejé volar la mente y pensé que quien no tiene comida no tiene vida. Y como nos recuerdan los analistas, pero la experiencia viva de la vida, comida es lo que falta en la mesa de millones de hogares en Honduras y el mundo. Y viendo amasar y hornear el pan en ese tropical abril, seguí pensando que decir pan 一o decir tortilla一, es hablar del alimento diario, eso mismo que necesitamos para llevarnos al estómago. El pan, la comida no está en todas las mesas. Mucha gente vive la cruel experiencia del hambre desde que nace. Seguramente varias de las personas que estaban en torno al horno y el rumor de la quebrada habían pasado por experiencias de hambre. Yo mismo la he experimentado.

Y pensé y pensé, mientras admiraba a mis compañeros y compañeras de equipo. Sí, la Palabra de Dios es pan, comida que alimenta, entonces el pan que amasamos y horneamos es también palabra de Dios. “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”, dice una de las bienaventuranzas en Mateo 5, 6. Una expresión que busca que toda la gente satisfaga la necesidad de comer, de llevarse algo al estómago. Luego viene la dimensión ética y espiritual: descubrir la necesidad de luchar porque haya alimento y presencia de Dios con su don de satisfacer de justicia a todas las mesas donde hay pan.

Compartir el pan, la comida es expresión del amor de Dios, es palabra de Dios. En estos tiempos de economía concentradora de riquezas, de economía “libertaria”, aumenta el número de gente excluida del sistema, de aquella gente que no tiene parte en los beneficios. Son gentes que estorban para el funcionamiento de la economía. Son estorbos, los grandes ricos del mundo invierten en la tecnología que conduzca a que la inteligencia artificial sustituya con robot y máquinas a la población trabajadora. Trump y los suyos deportan a los migrantes sobre el entendido de que no hacen falta los trabajadores para que funcionen los negocios.

Compartir el pan originalmente significa hacernos compañeros y compañeras de camino. Por eso, compartir el pan es palabra y sacramento de vida.

Y seguí pensando para mis adentros mientras unas mujeres metían la verdura en la sopa de capirotadas. Jesús se compadece de quienes sufren hambre de pan, y nos convoca a compartir nuestras capirotadas y nuestras sopas de frijoles, a hacer de la gente oprimida, y de toda persona, nuestros compañeros y compañeras de camino. Porque a fin de cuentas, compartir el pan originalmente significa hacernos compañeros y compañeras de camino. Por eso, compartir el pan es palabra y sacramento de vida.

Sin embargo, en el mundo actual a todo ponemos precio. Todo lo buscamos convertir en dinero. Las grandes corporaciones no producen conforme a las necesidades humanas a lo largo del planeta, sino conforme a la capacidad de quienes pueden comprar. Para quienes producen y controlan los alimentos en el mundo, existen los que tienen capacidad para comprar. Los hambrientos, los que no tienen dinero con qué comprar, no existen.

Sin embargo, ¿falta la comida en el planeta, en Honduras?, ¿no hay empleo porque hay mucha gente? Los datos de la realidad nos dicen que recursos y bienes existen con capacidad para atender todas las necesidades humanas. La comida y los recursos para vivir dignamente faltan, no porque no alcancen, sino porque hemos perdido el rumbo y sentido de la Vida. Hemos perdido el don de compartir, de hacernos pueblo en el camino.

Todo se nos ha dado. Como las compañeras que amasaban el pan en aquel abril con llovizna, somos pan amasado por el amor de Dios. En ese día nadie pensaba solo en comer. Pensaban en compartir, y al cabo de la tarde, cuando ya se había horneado todo el pan, las repartidoras pensaron en quienes estábamos físicamente presentes. Pero pensaron en otras personas que no fueron y que había que compartir con ellas. Entonces seguí pensando, si saciamos nuestra hambre personal, nos quedamos en la materialidad de la comida. Si sentimos dolor por quienes padecen hambre y luchamos porque los hambrientos se sacien, entonces trascendemos la materialidad de la comida para volverla espiritual. Porque espiritual era la experiencia de ese abril en comunión.

Descubrirnos como regalo de Dios que se comparte, hará que el pan de cada día sea sacramento de vida, y hará que los seres humanos nos hagamos compañeros y compañeras de camino, que cargamos con generosidad las penas y pesares, los triunfos y fracasos, las tristezas y ternuras de las demás, no como cargas ajenas sino como propias, y entonces se hacen livianas como nos recuerda el Evangelio. Así, compartir el pan nuestro de cada día nos hermana. Compartir el pan, la comida y luchar porque haya comida en la mesa de todas las familias es una hermosa manera de vivir la espiritualidad del pan. Esa espiritualidad del pan es la que vivimos en la experiencia de la milpa. Fue una experiencia eucarística, de acción de gracias. Aquí reside la identidad de nuestro apostolado social.

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