Mi mamita Aurora era mi raíz, la memoria viva de quién fui antes de ser lo que soy
Por Guadalupe Ramos Ponce
México. Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi mamita Aurora.
Si estuviera viva, tendría 95 años.
Diez años.
Lo digo despacio porque el tiempo, cuando se trata de la muerte de una madre, no avanza en línea recta: se expande, se dobla, vuelve. Hay días en que diez años parecen una vida entera; otros, apenas un parpadeo.
Mi mamita Aurora murió cuando yo ya era adulta, cuando ya tenía una historia propia, una voz pública, un camino recorrido. Y sin embargo, su muerte me dejó huérfana de un modo que nadie nos explica cuando crecemos: la orfandad en la adultez es una intemperie silenciosa.
Porque aunque una haya aprendido a sostenerse, a decidir, a luchar, a nombrarse… hay una certeza que se rompe para siempre: la de saber que hay alguien en el mundo para quien una seguirá siendo hija, pase lo que pase.
Mi mamita Aurora era mi raíz.
La memoria viva de quién fui antes de ser lo que soy.
La que sabía de mis miedos antiguos, de mis primeras rebeldías, de mis dolores sin nombre. Con su muerte no solo perdí a mi madre: perdí a la testiga principal de mi historia.
Diez años después, sigo hablando con ella.
No en voz alta, (aunque a veces si), sino en decisiones, en gestos, en silencios. La llevo conmigo cuando acompaño a otras mujeres, cuando defiendo la vida, cuando me niego a la indiferencia. Porque las madres no se van del todo: se transforman en ética, en brújula, en pregunta.
A mi mamita Aurora no la recuerdo solo desde la nostalgia, sino desde la gratitud profunda. Me enseñó sin discursos grandilocuentes, con la fuerza de lo cotidiano, con la dignidad de las mujeres que sostienen el mundo sin que el mundo se los reconozca.
Hoy no “supero” su muerte.
Hoy la honro.
Honro su vida larga, sus 95 años que no alcanzó a cumplir, su amor imperfecto y enorme, su presencia que sigue habitando mis días. Honro también mi derecho a extrañarla, sin justificarlo, sin minimizarlo, sin pedir permiso.
Porque el duelo de una madre no caduca.
Se acomoda, se transforma, pero no desaparece.

Diez años después, sigo siendo hija.
Y en esa certeza, aun con la ausencia, encuentro una forma de seguir.
Mamita Aurora: gracias por la vida, por la fuerza, por la raíz.
Aquí sigo. Tejiendo. Caminando. Nombrándote.
La octava de tus hijas. Lupita.



