Análisis basado en la cobertura y el debate del programa Democracy Now!, con las voces de los analistas Alejandro Velasco, Miguel Tinker Salas y la reportera Andreína Chávez
Washington, EUA. “Estados Unidos está a cargo”. Con esa declaración, el presidente Donald Trump confirmó el objetivo de una operación militar sin precedentes: el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y el bombardeo de Caracas, que dejó al menos 80 muertos, entre ellos 32 ciudadanos cubanos.
Lejos de cualquier retórica sobre democracia o derechos humanos, Trump fue claro y lo repitió dos docenas de veces: la misión es apoderarse de las mayores reservas de crudo del mundo. “Las compañías petroleras van a entrar… Vamos a recuperar el petróleo que, francamente, deberíamos haber recuperado hace mucho tiempo”, declaró el mandatario estadounidense.
La invasión, con helicópteros surcando el cielo de Caracas a las 2 a.m., marca un peligroso punto de inflexión: el uso de la fuerza militar para un cambio de régimen y el expolio de recursos, un acto que el presidente brasileño Lula da Silva calificó de “grave afrenta a la soberanía” y un “precedente extremadamente peligroso” para el mundo.
¿Por qué es importante y qué profundiza?
Este ataque no es un evento aislado; es la culminación de una estrategia de décadas y la revelación de una doctrina exterior basada en la confiscación abierta.
Expertos y testimonios desde el terreno desmontan la narrativa de “lucha contra las drogas” y señalan el corazón del conflicto.
El petróleo como botín declarado
El historiador Miguel Tinker Salas, autor de “Una herencia que perdura: petróleo, cultura y sociedad en Venezuela”, subraya que la industria venezolana, aunque afectada por sanciones, es el verdadero objetivo.
Trump, dice, opera con la “imaginación” de recuperar lo que Estados Unidos “perdió”, ignorando que el crudo es y ha sido siempre soberanía venezolana.
Un cambio de régimen forzado y fracturas internas
Con Maduro secuestrado y trasladado a una corte en Nueva York, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió interinamente.
Analistas como Alejandro Velasco, historiador de NYU, explican que ella deberá manejar una “espada de Damocles”: la amenaza de 15,000 tropas estadounidenses en el Caribe y la presión interna de facciones civiles y militares, mientras Trump ya la amenazó: “Si no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto”.
La oposición desnuda y la defensa popular
La reportera Andreína Chávez, desde Caracas, relata la destrucción en zonas civiles y la muerte de una mujer de 80 años.
Destaca que figuras opositoras como María Corina Machado no han condenado la invasión, celebrando en cambio la intervención, lo que para muchos venezolanos cruza una línea roja: “Indiferentemente de las posiciones políticas… la gente valora mucho ejercer soberanía sobre nuestros propios recursos”.
Esto revela una fractura más profunda que el chavismo/antichavismo: la lealtad a la nación frente a la sumisión a un poder colonial.
Un precedente aterrador para la región
El ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino, advirtió: “Si hoy fue contra Venezuela, mañana puede ser contra cualquier Estado”.
La acción de Trump, que ya ha lanzado amenazas contra Cuba, Colombia y México, militariza el hemisferio y posiciona a Estados Unidos no como garante de orden, sino como una potencia depredadora que actúa por encima del derecho internacional.
Guerra por el petróleo
La guerra de Trump contra Venezuela no es por democracia. Es, por su propia confesión, una guerra por el petróleo.
Este secuestro presidencial y la invasión militar establecen un nuevo y sombrío estándar para la intervención imperial en el siglo XXI, donde la máscara de la “promoción de la democracia” ha caído por completo, dejando al descubierto la crudeza de la ambición por los recursos.
El futuro inmediato dependerá de la resistencia dentro de Venezuela y de la respuesta de una comunidad internacional que observa si el principio de soberanía será defendido o archivado ante la fuerza.



