La vida de Juan López es luz porque la verdad, la justicia y el bien requieren de hombres capaces de confrontar el mal. Sin esa valentía, todo anuncio del Evangelio se reduce a cualquier comercial de buena propaganda
Por el padre Juan A. Hernández
¿Dónde está tu hermano? Es la pregunta con la que Dios confronta a Caín, ante el crimen de su hermano Abel, no porque Dios desconozca la respuesta, sino porque la vida de un hombre justo cuestiona el vivir y el actuar de todos aquellos que aún sobreviven a las inclemencias del mundo, especialmente cuando la vida de ese ser humano está arraigada a valores más profundo, que son manifiestos de un nuevo Reino. Un hombre, dentro de todos los cristianos, el mejor; porque su modo de vivir y ser cristiano fue comprometido con la transformación de la historia y, seguro, ha trasformado la suya y su causa porque el lugar donde derramó su sangre adquiere un nuevo rostro, rostro de esperanza, y ese lugar deberá ser mejor porque donde muere un hombre justo solamente puede habitar la justicia, no aquella que muerde a los piesdescalzos.

Su muerte interpela en primer lugar a quienes nos hemos comprometido con los ideales del Evangelio porque su sentir de la realidad eclesial era el de una Iglesia que está llamada a comprometerse con la transformación de la historia. Por tanto, no tiene sentido si la Iglesia deja de encarnarse donde se padece la injusticia; su quehacer se ve sumergido en tareas de cada día, sin visión e interpretación de lo nacional, mientras su narrativa está centrada en el miedo, el silencio y el encierro, un quehacer misionero que vive en intraobras, disimulando su caridad de asistencialismo, reducida a una ONG de carácter sacramental. Es imposible negar que la Conferencia Episcopal parece estar atrapada en discusiones de temas, aborto, género y pastillas del día después, que nada dicen a la gente de a pie, no porque la gente no le interese, sino porque la vida cotidiana se vive en otros senderos existenciales. Una Iglesia preocupada de sí misma, autorreferencial, donde prima su carácter institucional, mientras el Evangelio parece ser un decoro dominical, abastecido de funcionalismo clerical.
La vida de Juan López interroga a quienes eran sus correligionarios de partido político; un partido que durante el golpe de Estado aglutinó los valores de una sociedad abusada y maltratada. Sobre todo despertó anhelos de esperanza, de una sociedad deseosa de una transformación histórica. Un partido que prematuramente alcanzó el poder, más que por la credibilidad de sus líderes, se debe a una coyuntura política e histórica porque quienes representaban la oposición estaban diluidos en la misma máscara; corrupción y narcotráfico. Su muerte está rodeada de un deseo ideal, donde ética y política pertenecen a la misma acción del ser humano, y ese fue su último gran grito, uno de los suyos moralmente se había vuelto incapaz de enarbolar la bandera de la honestidad porque se sentó a negociar con narcotraficantes. Juan, el auténtico político: su vida y ejemplo debe cuestionar a quienes participan en el gobierno y en su instituto político porque su sangre exige que un verdadero político nunca debe utilizar la política para favorecerse a sí mismo.

Vuelve su rostro Juan a quienes hoy tienen la posibilidad de hacer justicia. ¿Serán capaces de ir más allá de los autores materiales? Este tipo de crímenes se diluyen en criminalizar a hechores, parece que el sistema judicial se justifica en el viejo iuspositivismo que exige la prueba física, incapaz de plantear las preguntas fundamentales que procuran la justicia. En este sentido, Juan con su vida, y más con su muerte, trae a juicio al sistema judicial mientras espera a que sea absuelto, exigirá de su institucionalidad que sea capaz de responder a los ideales de la diosa Temis, no a los de un patrón.
En definitiva, Juan López abre un horizonte de esperanza porque su vida, vida auténtica, nos muestra que los valores del Reino de Dios, pregonados por Jesús de Nazaret, nos son una quimera distópica que vive en el pasado. Su vida es luz porque la verdad, la justicia y el bien requieren de hombres de valor que sean capaces de confrontar el mal y mirarle a la cara y decirle, como Jesús ha dicho a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás! Sin esa valentía, todo anuncio del Evangelio se reduce a cualquier comercial de buena propaganda.



