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Los que traicionaron a Salvador Nasralla

El candidato del Partido Liberal aceptó la derrota: “Me gustaría apelar… pero no quiero alentar a los comunistas” Por Dunia […]

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El candidato del Partido Liberal aceptó la derrota: “Me gustaría apelar… pero no quiero alentar a los comunistas”

Por Dunia Orellana

Tegucigalpa, Honduras. La imagen fue como el último clavo en su ataúd político. Tras una agria conferencia de prensa, Salvador Nasralla buscó refugio en una iglesia evangélica. Allí, entre alabanzas por el nacimiento de Cristo, el candidato de la ultraderecha escuchó la palabra de Dios. Era Nochebuena. Mientras tanto, en el altar del poder se consumó su sacrificio. No lo derrotaron: lo ejecutaron los judas que lo rodeaban.

Y el verdugo tuvo muchas manos. Aunque Nasralla bailó, oró y abanderó el movimiento MAGA en Honduras, el presidente estadounidense Donald Trump lo descartó como un “comunista de clóset”. La primera puñalada llegó desde el norte. Pero la letal, la que cortó la yugular de su candidatura, fue local: fría y calculada al milímetro.

Mientras los partidarios de Nasry “Papi” Asfura celebraban con tamales en la sede del Partido Nacional, la ciudadanía, luego de tres semanas de incertidumbre, recibió el veredicto en Navidad y en un silencio manchado por la sospecha de un fraude electoral que ningún organismo de observación internacional se atrevió a confirmar.

No hubo cadena nacional, transparencia ni debido proceso. Solo un video pregrabado, Ana Paola Hall y Cosette López, dos consejeras del CNE apresuradas, y una firma que pretendió borrar, en veintidós minutos, 288 impugnaciones, 19,167 actas en duda y la voluntad de casi dos millones de personas.

PAREJA. Salvador Nasralla junto a su esposa Iroshka Elvir. Foto: redes sociales

En ese acto calificado por los críticos de “ilegal” fue donde brilló la mentira. Nasralla quedó enjaulado en su propio dilema, como confesó al New York Times: “Me gustaría apelar… pero no quiero alentar a los comunistas”. Le tuvo más miedo al fantasma de la izquierda que a los carniceros de la derecha nacionalista que lo hicieron pedacitos. Estaba atrapado entre su ambición y su ideología, viendo cómo el sistema que él ayudó a validar le robaba el futuro en vivo.

Pero los verdaderos productores de este show no salen en los videos oficiales. Se arrastran en las sombras. Son un ejército de hipócritas: empresarios “galardonados”, pastores “piadosos”, influencers “de valores” y diputados “de familia” que predican desde las redes sociales y los medios de doble moral. De día, son lobos de saco y corbata, lanzando discursos de fuego contra los derechos de las mujeres, las disidencias sexuales o los defensores del territorio. De noche y en privado, se les cae la máscara. Traicionaron a un aliado incómodo y también se llevaron de encuentro a sus seguidores.

Dos días después del anuncio del CNE, Nasralla, ya refugiado en las redes sociales, compartió la “impotencia de combatir al crimen organizado, la injusticia del fraude”. Había dejado la piel en la campaña, pero los que lo rodeaban no solo querían su piel, sino usarlo también como carne de cañón.

Los veintidós minutos del anuncio ilegal no fueron un error logístico. Fueron la consumación del fraude electoral, donde la voluntad popular fue puro trámite y la doble moral se convirtió en la moneda de cambio.

La ejecución de Nasralla nos duele no porque lo apoyamos, sino porque refleja que la mayoría de la ciudadanía estamos secuestrados por una clase política corrupta que usa como brazo derecho al crimen organizado.

Al final, Nasralla se quedó sin corona y sin país, escuchando coritos en una iglesia. Sus verdugos, en cambio, brindaron con whisky caro y mordisquearon habanos mientras se llenaban la boca hablando de patria.

Los traidores tienen nombre y apellido. Desde la congresista cubanoestadounidense María Elvira Salazar hasta el expresidente Carlos Flores; el alcalde de San Pedro Sula, Roberto Contreras; el empresario condenado por lavado de activos, Yani Rosenthal, y el funcionario de Próspera, José Luis Moncada.

CÍRCULO. Nasralla rodeado de figuras políticas, entre ellas Roberto Contreras, Yani Rosenthal y Jorge Cálix. Foto: redes


También grandes figuras cristianas como la Confraternidad Evangélica e incluso líderes de organizaciones de la sociedad civil que juraban que Nasralla iba a ganar. Otros traidores son Maribel Espinoza, Luz Ernestina Mejía, Jorge Cálix y su amigo Rashid Mejía, quien, tras el anuncio del CNE, dejó “botado” al candidato liberal y dos días después salió en un video junto a él diciendo que su próximo objetivo es la presidencia del Congreso Nacional.


Sus críticos aseguran que Nasralla perdió por su ego y por el carácter de su esposa, Iroska Elvir. Como siempre, los verdugos y los traidores culpan a las mujeres. En el guión final de los cobardes, siempre hay un papel escrito para una mujer: el de chivo expiatorio. Así se escribe la historia en el libro de los verdugos.

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