Por Mario Enrique Pineda Talavera
San Pedro Sula, Honduras. La relación entre Honduras y China suele analizarse bajo una mirada estrecha. Por un lado, como amenaza geopolítica, y por otro como promesa de inversiones. Pero la economía política obliga a mirar el asunto de forma más concreta. No se trata de simpatías, ni de alineamientos automáticos. Se trata de estructura productiva, dependencia externa y poder de negociación. Y, desde esa perspectiva, sí existen posibilidades reales de cooperación beneficiosa, precisamente porque China no es un socio cualquiera. Es uno de los mayores centros industriales del mundo y, además, un mercado gigantesco cuyo tamaño puede abrir oportunidades que Honduras no debe desperdiciar, siempre que negocie con estrategia.
Hoy existe una relación comercial claramente asimétrica entre Honduras y China; el primero importa principalmente manufacturas y exporta muy poco, reproduciendo un patrón típico de inserción periférica en el comercio mundial. Esta asimetría no es una condena inevitable, pero sí evidencia que la relación requiere una estrategia distinta, basada en política industrial y fortalecimiento productivo interno.
La dinámica bilateral también muestra que el desequilibrio se mantiene y tiende a profundizarse con el tiempo. Esto no debe interpretarse como motivo para cerrar puertas, sino como una advertencia sobre los riesgos de una relación pasiva. Cuando un país compra de forma creciente y vende poco, la consecuencia no es solo comercial, también se vuelve macroeconómica, presiona las divisas, endurece la restricción externa y limita el margen del Estado para sostener crecimiento y empleo.
Pero precisamente por eso, China puede ser parte de la solución, porque China combina dos atributos que pocas economías ofrecen simultáneamente, por un lado, un mercado masivo con alto poder de compra y por otro, una capacidad industrial y tecnológica enorme. Esto abre la ventana estratégica de pasar de una relación centrada en importaciones a una relación que integre apertura de mercado, aprendizaje productivo y escalamiento exportador. Para un país como Honduras, que enfrenta déficits comerciales estructurales y limitaciones de productividad, acceder a un mercado de esa escala no es un lujo, es una oportunidad que exige una inserción inteligente al comercio mundial.
Dado esto, la cooperación beneficiosa no se construye con discursos, sino con condiciones verificables. Honduras debe negociar que la relación contribuya a aliviar la restricción externa mediante exportaciones más complejas, encadenamientos internos y transferencia tecnológica. Si se deja a la dinámica espontánea del comercio, el resultado es predecible, China seguirá siendo proveedor de bienes industriales, desde productos laminados de hierro o acero, hasta teléfonos móviles, maquinaria, motocicletas, electrodomésticos, textiles y electrónicos, mientras Honduras seguirá exportando poco y con baja sofisticación. Si, en cambio, se construye una agenda productiva, el mismo vínculo puede convertirse en palanca de cambio estructural para construir clústeres industriales en Honduras que dinamicen la economía y generen más empleos.

Por ello, China puede ser un socio relevante para la transformación productiva hondureña, porque tiene mercado y capacidades. Honduras, por su parte, debe identificar dónde sí tiene base real para agregar más valor a su producción. Y aquí conviene abandonar la fantasía de “industrializar desde cero”. Honduras ya tiene una buena experiencia en la industria de autopartes. En 2024 exportó USD 1,369.0 millones en arneses eléctricos automotrices, triplicando el valor exportado respecto a 2010. Esa base muestra que el país ya participa en cadenas globales, ya cuenta con empleo industrial y ya tiene disciplina productiva en manufactura exportadora. La cooperación con China puede ayudar a convertir este aprendizaje adquirido en un proceso de mayor peso industrial, más proveedores nacionales, mejor control de calidad, procesos eléctricos y electrónicos de mayor complejidad, servicios industriales asociados, formación técnica avanzada. Esta es una alternativa o ruta plausible si se diseña una política industrial con coordinación, incentivos y metas.
Ahora bien, la cooperación no debe limitarse al ámbito industrial. El tamaño del mercado chino también abre oportunidades en productos diferenciados donde Honduras sí puede competir por calidad y nichos, como ejemplos tenemos el café especial, cacao, miel, agroindustria premium, artesanías con identidad y productos con trazabilidad. Aquí el punto es que cuando un país periférico logra vender calidad diferenciada, captura más valor y reduce la intermediación que suele absorber la renta del productor. Esto requiere estándares, certificación, empaques, logística y capacidad comercial digital. No se trata solo de exportar más, sino de exportar mejor y capturar mayor valor interno.

Y sí, hay un desafío con la distancia geográfica. Pero la distancia no es un destino. En comercio internacional, la competitividad depende de logística, facilitación, certificación y selección inteligente de productos de alto valor. La cooperación con China puede ser útil también en infraestructura habilitante y logística, siempre que se trate como instrumento de productividad. Es decir, infraestructura que reduzca fricciones reales, tiempos de comercio, costos logísticos, y que eleve la competitividad exportadora.
En este punto vale subrayar otro elemento, cooperar con China puede ser beneficioso para Honduras precisamente porque China no es solo un oferente de bienes, es un espacio de demanda masiva. Para una economía pequeña como la hondureña, acceder a un mercado de ese tamaño puede ser un cambio de escala. Pero el acceso no se traduce automáticamente en desarrollo. Necesita una política industrial y comercial con dirección, con objetivos y con instrumentos. De lo contrario, el tamaño del mercado chino será irrelevante, porque Honduras simplemente no tendrá qué venderle en volumen y valor agregado.
Por eso, a manera de cierre se pueden plantear dos ideas importantes. Primero, sí hay oportunidades reales y ventajosas, China ofrece mercado, escala, tecnología y posibilidad de aprendizaje productivo. Segundo, el beneficio depende de que Honduras negocie con objetivos verificables y no como economía pasiva. La relación debe medirse por resultados concretos, empleo formal, proveedores nacionales incorporados, capacidades técnicas instaladas, exportaciones diversificadas con mayor valor agregado.
Finalmente, Honduras no debería mirar la cooperación con China como un dilema ideológico, sino como un desafío de estrategia de desarrollo. El mercado chino es demasiado grande como para ignorarlo, y la oportunidad de aprendizaje es demasiado importante como para desperdiciarla. Con política industrial, la relación puede ser una oportunidad de transformación productiva. Sin ella, será otra vía rápida hacia el déficit y la dependencia importadora. La diferencia entre ambos escenarios no está en China, está en la capacidad del Estado hondureño para negociar y coordinar un proyecto productivo nacional.
* Licenciado en Economía por la UNAH, máster en sociología por la Universidad de Costa Rica. Docente del Departamento de Economía de la UNAH



