Por Redacción de RSM
Dilley, Texas. Susej Fernández tiene nueve años y ha pasado los últimos 50 días encerrada en una celda. Hace dos meses, esta niña venezolana iba a la escuela. Hoy, su único paisaje son los pasillos iluminados las 24 horas del Centro de Detención Familiar South Texas, en Dilley, una bodega gigante convertida en cárcel a 70 millas de la frontera con México.
“Honestamente, no me siento bien porque siempre, siempre hay un oficial cerca, molestándome”, relató Susej a la periodista Mica Rosenberg, de ProPublica. “No puedo ir a ningún lado. Y si necesito ir al baño, no me dejan, porque tengo que ir con mi mamá. Es molesto, y solo tengo que quedarme en mi habitación”.
Su testimonio, difundido este lunes por el programa Democracy Now!, es solo uno de los muchos que componen el expediente del horror en Dilley. Una investigación de la reconocida organización ProPublica, titulada “Los niños de Dilley”, ha destapado el funcionamiento interno del complejo.
En esta cárcel texana, 3,500 personas hacinadas —más de la mitad son niños y niñas— comen alimentos contaminados con gusanos bajo la luz artificial perpetua, según ProPublica. Entretanto, afrontan un patrón sistemático de abuso psicológico por parte de los guardias del operador privado CoreCivic.
“Nunca había sentido tanto miedo”
Ariana Velásquez, de 14 años, llegó a Estados Unidos desde Honduras hace siete años. Era una estudiante de secundaria. Tenía una vida. Tenía hermanos pequeños, ciudadanos estadounidenses, de 5 años y 18 meses. De pronto, se encontró tras las rejas.
“Hola, mi nombre es Ariana V.”, leyó la adolescente en una carta escrita desde su encierro, cuya lectura fue transmitida por Democracy Now! el pasado 10 de febrero. “Tengo 14 años y soy de Honduras. He estado detenida por 45 días y nunca había sentido tanto miedo de ir a un lugar como el que siento aquí. Cada vez que recuerdo que una vez que regrese a Honduras, muchas cosas peligrosas le podrían pasar a mi mamá y a mí. Mis hermanos pequeños no han podido ver a su mamá en más de un mes. Son muy pequeños, y necesitas a ambos padres cuando estás creciendo”.

«En enero, poco después de mi visita a Dilley, el ICE liberó a unas 200 personas a la vez, sin explicación alguna. Entre ellas estaban Ariana y su madre», relató la periodista Mica Rosenberg en su artículo del 9 de febrero para ProPublica.
En entrevista con las reconocidas periodistas Amy Goodman y Nermeen Shaikh, la reportera Mica Rosenberg explicó el cambio radical en la política de detención. “En el pasado, este centro se usaba principalmente para familias que cruzaban la frontera recién llegadas. Ahora, los cruces han caído a mínimos históricos, y muchos de los niños que están siendo enviados allí son arrestados por ICE dentro del país. Algunos, como Ariana, llevaban años viviendo aquí, hablan inglés perfecto y fueron detenidos en medio del año escolar”, señaló Rosenberg a Democracy Now!
El caso de Ariana ilustra una crueldad quirúrgica. Ella y su madre fueron capturadas por agentes migratorios, pero sus hermanos pequeños —por ser ciudadanos estadounidenses— no fueron detenidos. “Fueron separados de ellos”, enfatizó Rosenberg. “Tienen una vida estadounidense arraigada”.
CoreCivic y las ganancias de la jaula
Detrás de los barrotes de Dilley no hay un servicio público, sino un negocio multimillonario. La instalación es operada por CoreCivic, la otrora Corrections Corporation of America, una de las empresas privadas de prisiones más grandes del país. Según detalló Mica Rosenberg en Democracy Now!, la compañía “dice que está sujeta a una serie de auditorías y supervisión, y que toman la salud y la seguridad como una prioridad”.

Sin embargo, los testimonios recabados por ProPublica pintan un panorama radicalmente opuesto. Los menores describen que encuentran gusanos en la comida. Que las luces nunca se apagan, destruyendo cualquier ciclo de sueño. Y que el miedo no solo proviene del encierro, sino de las propias autoridades. “Hay informes crecientes de abuso psicológico por parte de los guardias, algunos de los cuales supuestamente han amenazado a las familias con separarlas”, reportó Rosenberg.
El centro de Dilley fue abierto originalmente en 2014, durante la administración Obama. Una década después, bajo una política migratoria que el magnate Donald Trump ha endurecido desde su regreso a la Casa Blanca, el complejo se ha convertido en el símbolo de un sistema que, según activistas, criminaliza la pobreza y la esperanza.
Récord histórico de niños enjaulados
La investigación de ProPublica no se limita a Dilley. En una pieza separada titulada “ICE envió 600 niños inmigrantes a centro de detención federales este año en un nuevo récord”, Mica Rosenberg y su equipo descubrieron que, además de los centros de detención familiar, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) está enviando a menores no acompañados a una red de refugios federales.
“Lo que encontramos es que los arrestos de ICE dentro de Estados Unidos, en algunos casos, están separando a los niños de sus padres, y esos niños están siendo enviados solos a esta red de refugios”, explicó la periodista. Antes, estos albergues solo recibían a niños que acababan de cruzar la frontera. “Ahora albergan a niños que han vivido en Estados Unidos durante muchos años”, sentenció.
El saldo, según el registro citado por Democracy Now!, es escalofriante: 600 niños enviados a estos refugios solo en lo que va del año fiscal.
Un sistema a la espera de más ganancias
Lejos de retroceder, la maquinaria de detención se expande. Rosenberg advirtió en el programa del lunes que las empresas privadas están “esperando entre bastidores para ganar más dinero”. “Hay otras compañías interesadas en meterse en el juego de la detención. Hemos escrito sobre empresas de tiendas de campaña para construir campamentos de tiendas. También están hablando de tomar almacenes y convertirlos en centros de detención”.
Mientras tanto, en la pequeña ciudad de Dilley, Texas, niñas como Susej y Ariana esperan. No saben cuándo saldrán. No saben si volverán a ver a sus hermanos. Saben, eso sí, que la libertad tiene un precio que sus familias no pueden pagar y que el sueño americano, para ellas, se ha convertido en una pesadilla con luz fluorescente.



