Por José Manuel Serén
Zacate Grande, Honduras. Alegría, compañerismo, juegos, diversión y camaradería marcaron la celebración de más de dos décadas de dignidad de los ambientalistas organizados en la Asociación para el Desarrollo de la Península de Zacate Grande (Adepza). Mientras la Asociación arriba a su 26 aniversario de defender el territorio, La Voz de Zacate Grande cumple 16 años de romper el silencio en el Golfo de Fonseca.

Para quienes habitan las 12 comunidades de la península, este aniversario no es sólo una cifra, sino también el recuento de una vida dedicada a defender el territorio frente a la criminalización, el desplazamiento forzado y un Estado que, a pesar de tímidas aperturas, sigue sin entregar los títulos legales que garanticen su permanencia.
Este rincón del Golfo de Fonseca está marcado porque el 99% de las playas han sido acaparadas por élites económicas, lo que ha representado sufrimiento y tratos crueles inhumanos y degradantes a la población.
Ester Noemí Laínez ha sido una de las figuras claves en la lucha por la defensa del territorio en Zacate Grande.
Ester compartió con Reportar Sin Miedo el profundo dolor que sintieron al percibir que sólo existe ley para los empresarios y no para la comunidad. Esta realidad las impulsó a organizarse a escondidas, enfrentando al miedo para defender la tierra.
Ester relató haber presenciado cómo la policía destruye hogares sin orden judicial y roba las pertenencias de sus casas, incluso poniendo en riesgo la vida de los niños. Afirmó que este hecho les dio más fuerza para continuar con su activismo.
Leonor Pérez, coordinadora de Adepza, describió la magnitud de la fecha: “Son 26 años, solo que es un doble acontecimiento, doble celebración, ya que también celebramos 16 años de la radio comunitaria La Voz de Zacate Grande”.

El costo de defender la tierra
Leonor Pérez, originaria de Playa Blanca, encarna el dolor de una lucha que ha cruzado los umbrales de las prisiones hondureñas. Leonor relató cómo su hermano fue a prisión por exigir que el Estado cumpla con el derecho a la tierra.
«No ha sido fácil. Hemos tenido personas en prisión por defender el derecho a la tierra», dijo Pérez, quien vivió en carne propia el encarcelamiento de su hermano durante siete meses.
«26 años no son fáciles, pero el apoyo de otras organizaciones y amigos nos da fuerza para continuar», concluyó Pérez. La consigna en la península sigue siendo clara frente a quienes pretenden borrarlos del mapa: «Aquí nacimos y de aquí no nos vamos».
Es importante destacar que la falta de regularización predial es la grieta que utilizan los terratenientes y extranjeros para llamar «usurpadores» a los nativos. Aunque bajo la administración de Xiomara Castro se instaló una mesa de trabajo y el Instituto de la Propiedad realizó mediciones en las 12 comunidades, los resultados finales siguen sin materializarse, manteniendo a las familias en un limbo jurídico que facilita el despojo.
Por su parte, Guadalupe Carvajal, fundadora de Adepza, aportó un testimonio crudo sobre las represalias contra su círculo más íntimo debido al activismo en defensa de estos territorios.
“Esta lucha como fundadora ha sido muy dura, no ha sido fácil porque mis hijos, mi esposo, hemos vivido en carne propia toda la criminalización por los terratenientes. Es más, esta playa bonita que tenemos acá ha estado en conflicto”, lamentó.

Un territorio cercado por la élite
Carvajal denuncia que el acaparamiento no solo afecta la vivienda, sino también la supervivencia. Esto es así porque la élite se ha apoderado de las playas en zonas como Coyolito y El Jocote, hostigando a los pescadores artesanales a través de guardias privados.
Según la lideresa, es «lastimoso» ver cómo las autoridades suelen inclinarse a favor de las grandes fortunas, ignorando que la tierra es sinónimo de vida para los nativos.
«Llegan como amigos y se quedan como dueños»
El modus operandi del acaparamiento en Zacate Grande es descrito por Pérez como una estrategia de engaño. Personas ajenas a la comunidad llegan ganándose la confianza de los jóvenes, incluso participando en juegos de fútbol, para luego cercar territorios y privatizar playas bajo el argumento de compras a terceros desconocidos.
«Las playas son libres, no tienen por qué estar acaparadas», sentenció Guadalupe Carvajal.
Destacó que la privatización no sólo afecta la vivienda, sino también la supervivencia, pues los pescadores artesanales han perdido sus puntos de acceso al mar. Al acercarse a las playas privatizadas, los guardias privados los hostigan y los privan de su fuente de vida y alimento.
Resiliencia y esperanza

A pesar de la situación crítica, el mensaje de las lideresas es de esperanza y persistencia. Para Adepza, la playa de Puerto Grande, que aún permanece libre, es un símbolo de lo que la organización colectiva puede lograr.
Esta doble conmemoración no es solo un recordatorio del tiempo transcurrido, sino una reafirmación de la voluntad de un pueblo que se niega a ser desplazado.
Y es así como la coordinadora de esta organización de ambientalistas en el sur de Honduras envía un mensaje.
“A todos mis compañeros y compañeras, que no desmayemos. Algún día vamos a encontrar esa luz al final del túnel”, concluyó Pérez con firmeza. “Aquí nacimos y de aquí no nos vamos”.
La voz que no se apaga
Para Adepza, la radio sigue siendo la herramienta para romper el cerco informativo y unir a las comunidades.
Hace 16 años, la lucha ambientalista comprendió que sin comunicación no hay defensa. La radio La Voz de Zacate Grande nació como parte integral de este movimiento, rompiendo el cerco informativo impuesto por las élites locales. A pesar del asedio de los terratenientes —quienes se han asentado en zonas como Coyolito y El Jocote—, la radio sigue siendo el faro que une a las comunidades.
Estas ondas radiales marcaron un antes y un después en la democratización de la palabra en la zona. En un entorno mediático hostil, esta emisora ha servido como herramienta de denuncia, educación popular y cohesión social.
A pesar de los intentos de cierre y los ataques directos contra sus comunicadores, la radioemisora ha persistido en su frecuencia, demostrando que el ejercicio de la libertad de expresión es fundamental para la defensa de todos los demás derechos humanos.
Es, hoy por hoy, el testimonio vivo de que las comunidades tienen la capacidad de narrar su propia historia. A 26 años de organización y 16 de palabra abierta, el mensaje es claro: la península tiene raíces profundas y una voz que no se apaga.



