A Honduras se le puede conocer por muchas razones: su comida típica, los arrecifes de coral, el Cristo del Picacho y, sobre todo, por la violencia machista que azota el cuerpo de las mujeres hondureñas
Por Flor Euceda
San Pedro Sula, Honduras. Golpes, violaciones, feminicidios, todo para señalar quién tiene poder y quién no, quién es sujeto y quién es objeto, quién es propietario y quién es propiedad privada. La violencia contra las mujeres en Honduras sigue siendo una constante en la vida de las hondureñas, llega y se queda ahí, callada, cotidiana, siendo la reiteración diaria de la norma social que establece cómo deberían ser las mujeres, lo que se espera de ellas y lo que les espera a ellas si no cumplen con esa norma.
Según el Observatorio del Centro de Derechos de Mujeres, en septiembre se registraron 21 muertes violentas de mujeres en el país. Ese mes que sólo contó con 30 días tuvo 21 muertes. Esto deja ver que la violencia de género contribuye a mantener y perpetuar un orden en el que las mujeres permanecen subordinadas. Las 21 muertes sumadas a las 296 reportadas en los meses anteriores son el último y letal eslabón de una larga cadena de violencias originada, legitimada y reproducida por un sistema capitalista y patriarcal, también difundida por los medios de comunicación de masas.
Un país de muchas hipocresías cuando de las hondureñas se trata.
Detrás de cada muerte violenta de mujeres en Honduras se deja entrever un festival de hipocresía de los medios de comunicación, que al instante se alarman con las cifras aterradoras de la violencia machista para reírse al siguiente instante con las bromas de un cómico misógino o comentar sobre la hermosa figura de una actriz que se mantiene joven a fuerza de peligrosas intervenciones quirúrgicas.
Detrás de cada muerte violenta de mujeres en Honduras se deja entrever un festival de hipocresía de la Iglesia que propone mensajes de pacificación y niega educación sexual integral mientras redobla sus mandatos misóginos, culpabilizando a las mujeres que luchan por la equidad en una sociedad donde son discriminadas.
En una sociedad sostenida en violencia, la violencia contra las mujeres parece natural e inevitable.
Detrás de cada muerte violenta de mujeres en Honduras se deja entrever un festival de hipocresía de los gobiernos de turno que apuran decretos de emergencia en materia de violencia de género, pero no disponen de partidas presupuestarias para los programas de prevención de esa violencia, cierran los centros de atención para priorizar los gastos de campaña electoral, se niegan a legalizar el derecho de las mujeres a disponer de sus propios cuerpos.
En una sociedad sostenida en violencia, la violencia contra las mujeres parece natural e inevitable. “La maté porque era mía”, dice la canción. A veces, incluso, esa mujer es el único “objeto” que se posee en una sociedad que empuja al consumo, al punto de creerse dueño de su cuerpo, de su mente y de su vida.
En Honduras siguen ocurriendo feminicidios, no importando la edad, etnia o raza. En 2021, por ejemplo, el sistema de emergencia 911 superó las 100,000 llamadas por violencia doméstica y maltrato familiar. En 2021 se contabilizaron 3,730 denuncias por delitos sexuales; el 54% de las víctimas fueron menores de 18 años. Las denuncias empezaron a incrementarse después de la flexibilización de las medidas de confinamiento y en 2021 superan el número de 2020 y 2019. Las muertes violentas de mujeres, por homicidio, continúan experimentando una reducción más lenta en comparación con la tasa de hombres. Mientras que, en 2021, la tasa de muertes violentas de hombres se redujo a menos de la mitad respecto a la de 2011, la cifra de las mujeres no presenta la misma reducción, ya que no ha disminuido ni a la mitad de 2011.
Cada día se vuelve trágico para las mujeres a lo largo de nuestro país: semanas de violencia, abusos, muertes, terror, miedo, celos, incomprensión. Ante esto, se cuestiona ¿cómo es posible que algunos hombres sigan viviendo como en la Edad Media, donde la mujer era vista como objeto y posesión sin derecho a nada?
Esta realidad obliga a preguntarnos: ¿cuándo el Estado impulsará políticas concretas y mecanismos ágiles para que las mujeres puedan recurrir a la ayuda? La situación exige que se actúe ya mismo. No se puede seguir esperando cuando continúan muriendo mujeres. Y la justicia responde con sentencias y condenas sin considerar el agravante de que las mujeres son asesinadas por su condición de género, es decir, no se usa el agravante por feminicidio ni por crimen de odio, solo circunscriben los casos a “la violencia y el odio de género al ámbito privado o violencia intrafamiliar”.
Sin dudas, la persistencia de la movilización de las mujeres sigue siendo clave para visibilizar la violencia machista. La denuncia y el hartazgo de la violencia en diferentes grados y ámbitos chocan con la idea de la igualdad basada en leyes y derechos formales que, sin embargo, no alcanzan o lo hacen de forma desigual en la vida de la mayoría de las mujeres. Este contraste sostenido que surge una y otra vez nos lleva a preguntarnos: ¿por qué no cesa la violencia machista? ¿Existen soluciones a este flagelo?
Las respuestas de los Estados y sus instituciones oscilan entre el silenciamiento de las denuncias de las mujeres y el endurecimiento del castigo penal como únicas soluciones posibles que, sabemos hoy, son impotentes. El capitalismo sólo mostró desprecio hacia la vida de las mujeres, cuya opresión además es funcional al andamiaje de desigualdad en el que una minoría dueña de todo vive del trabajo de la mayoría que no tiene nada.
Ante la crisis en la respuesta estatal, las mujeres siguen peleando por desmontar este sistema, pero mientras tanto no hay que eximir de responsabilidad al Estado, que se sepa que Honduras sigue siendo un país peligroso para ser mujer.




