Ser neurodivergente no se puede curar porque es una condición de vida y no una enfermedad. Cada quien tiene una conducta y un comportamiento diferentes
Por Susan Dubón*
San Pedro Sula, Honduras. Imagínate ser una persona neurodivergente.
Un día me levanté siendo más consciente de la sensación de aflicción en el estómago. Si bien cada persona es resultado de todas sus vivencias en diferentes contextos, el sentir individual es diferente a cómo se sienten las demás personas ajenas a mí.
Yo no entendía eso. Pensaba que todas las personas sentían con la misma intensidad que yo, pero un día me di cuenta de que mis sentimientos eran más fuertes que los de otras personas en diferentes situaciones y que además era una condición genética.
En el transcurso de esos momentos de consciencia, entendí que no podía seguir sintiéndome muy mal o muy bien. Tuve que calibrar la situación y entendí que ir a terapia es para tener mejor calidad de vida.
Fui a centros públicos y privados cuando tuve la oportunidad de acceder. Sin embargo, el camino para encontrar el equilibrio de una vida de calidad no es fácil en un país donde hay poca inversión social para acceder a la salud mental. En repetidas ocasiones nos encontramos con profesionales sin ética con una atención revictimizante que a la larga puede afectar más al paciente, ya sea por la parte psiquiátrica o terapéutica-psicológica.
Es difícil tener certeza de conductas que pueden ser resultado de la experiencia individual, provocar traumas y por ende generar depresión o ansiedad. Depende de qué circunstancias llevaron a esa persona a una crisis emocional.
Las neurodivergencias no se pueden curar porque son una condición de vida y no una enfermedad.
Hablemos de neurodiversidades y neurodivergencias.
Todas, todos y todes somos neurodiversos porque cada quien tiene un funcionamiento cognitivo y de conducta-comportamiento diferente. Hay estándares sociales de cómo “ser”. El resultado es que han nombrado las diferencias de neurodiversidad en las personas como neurotípicas o neurodivergentes. Cada persona en su diversidad tiene sus fortalezas que aportan a la sociedad y la comunidad.

Es importante destacar que las personas neurotípicas pueden estar expuestas también a desarrollar una condición en su salud mental por factores ambientales, sociales o psicológicos. Por ejemplo, un golpe, un accidente o el estrés agudo pueden desencadenar una condición neurodivergente.
Otro ejemplo es cómo los eventos traumáticos pueden desarrollar estrés postraumático. Este puede provocar la ralentización de las funciones ejecutivas y la percepción de las cosas. A nivel de personalidad llegan a disociar la realidad, llevándolos a conductas anormales. También el estrés crónico puede llevar a una depresión grave.
No somos tan diferentes, entonces. Por eso nombramos las existencias de todas las personas como neurodiversas con la intención de estimular una mirada empática que separe pero abrace también las existencias de las personas en esencia para promover el respeto y la dignidad de cada quien. Por eso, la necesidad urgente de hacer cambios sociales respecto a las culturas en todas sus neurodoversidades para tener mejor adaptación y estar incluidxs en el ámbito escolar, laboral, familiar.
El prejuicio, la falta de información y de interés en conocer sobre salud mental genera en la percepción general ciudadana etiquetas para las personas neurodivergentes, ubicándolas como poco evolucionadas, incapaces, deficientes. Esa narrativa es parte del control social hegemónico que no se abre a la visión comunitaria, sino que más bien se encierra en lo que produce y genera dinero, en un condicionamiento de esclavitud moderna de explotación humana para este sistema que busca nutrir el capitalismo y la empresa, no a la persona.
Frente a estos prejuicios dominantes y hegemónicos, nos permitimos analizar que, pese a todo esto, las personas desde sus neurodiversidades pueden aportar habilidades únicas para fortalecer el trabajo; por ejemplo, para resolver problemas, dar ideas creativas, innovar en el espacio tanto laboral y organizativo como escolar y familiar. Las personas neurodivergentes se esfuerzan por adaptarse a esta sociedad, pero también las realidades tienen que adaptarse a estas diversidades.
Se estima que el veinte por ciento de la población mundial es neurodivergente.
La más común entre las condiciones neurodivergentes a nivel mundial es la dislexia, o sea, la dificultad de adquisición y procesos de lectoescritura, con una prevalencia estimada entre el 5% y el 10% de la población. Le sigue, entre los más comunes, el trastorno de espectro autista: una de cada cien personas tienen esta condición, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, el trastorno de déficit de atención, con o sin hiperactividad, tiene una prevalencia estimada del 5%-7% en niños, niñas y adolescentes, con tasas más bajas en adultxs debido a la atenuación de los síntomas con la edad.
En resumen, para generar un ambiente inclusivo es importante aumentar la cultura general conociendo las características de las neurodivergencias para identificar y saber cómo tratarnos como sociedad de manera más empática y solidaria, incluirnos entre todas, todos y todes.




