El ejército oculto que entrena a la IA 

Trabajadores del Sur global reciben una compensación denigrante. Por ejemplo, una empresa de IA les paga con sacos de arroz, azúcar y frijoles 

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Por Redacción de RSM

Washington, EUA. Mientras gigantes tecnológicos y gurús de la inteligencia artificial pronostican un futuro de automatización y prosperidad, un ejército de más de 160 millones de trabajadores en el Sur global hace posible, en condiciones de explotación, el funcionamiento de los sistemas de IA que prometen transformar el mundo. Lejos de los reflectores y los salarios de Silicon Valley, estos «trabajadores de datos» son, según el sociólogo Antonio Casilli, «el ingrediente secreto de la propia IA», una fuerza laboral oculta deliberadamente por las empresas que los contratan.

En una entrevista con Democracy Now!, Casilli, profesor del Instituto Politécnico de París y autor del libro Waiting for Robots: The Hired Hands of Automation (Esperando a los robots: Los brazos contratados de la automatización), reveló las duras realidades de esta industria que se nutre de la precariedad en países como Kenia, Madagascar y Venezuela.

IA. El experto en inteligencia artificial Antonio Casilli. Foto: Wikipedia.

¿Quiénes son los trabajadores de datos?

No son ingenieros ni desarrolladores. Son las personas anónimas que etiquetan imágenes, transcriben audios, moderan contenido violento y «enseñan» a los modelos de IA qué aprender y qué olvidar. Su trabajo, fragmentado en microtareas, es el combustible que alimenta a ChatGPT, los coches autónomos y los sistemas de diagnóstico médico.

«Ellos entrenan la IA», explica Casilli. «Este es un verbo que ahora nos resulta familiar, pero que esconde el trabajo de personas que literalmente alimentan con datos estos sistemas. También verifican que los resultados sean correctos y, en ocasiones, realizan un mantenimiento en vivo, llegando incluso a reemplazar a la propia máquina».

Pagos en especie y salarios de miseria

La compensación por este trabajo esencial es, en muchos casos, denigrante. Casilli documentó un caso en Madagascar donde una empresa pagaba a sus trabajadores en sacos de arroz, azúcar y frijoles. «Cuando decimos que les pagan una miseria, es una metáfora, pero en este caso no lo era», afirmó el sociólogo. «Tenían un medidor en la entrada para explicar cuánto ganarían en alimentos según su rendimiento».

En Venezuela, la atracción de estos trabajos radicaba en que los pagos se realizaban en dólares o criptomonedas, protegiendo a los trabajadores de la hiperinflación del bolívar. Sin embargo, los salarios rondan los pocos céntimos por tarea, manteniendo a los trabajadores en un ciclo de pobreza.

El costo psicológico de «desaprender»

Una de las tareas más brutales es la moderación de contenido, que Casilli denomina «desaprendizaje automático» (machine unlearning). Los trabajadores deben ver y clasificar material violento, abusivo o ilegal para evitar que la IA lo reproduzca. El costo humano es devastador.

En un clip del documental In the Belly of AI, la extrabajadora keniana Faustine Makira relata el trauma: «Desarrollé ansiedad, no podía salir, tenía pesadillas. Me llevó a la depresión y decidí renunciar. Aún hoy sufro TEPT y sigo en terapia». Makira también denunció que las empresas les obligan a firmar acuerdos de confidencialidad que les prohíben hablar de su trabajo, bajo amenaza de cárcel.

El silencio como herramienta de control

Casilli explica que los acuerdos de confidencialidad no solo protegen secretos comerciales, sino que también invisibilizan a los trabajadores y evitan que desarrollen conciencia de clase.

«Si los trabajadores no pueden hablar entre sí, no se dan cuenta de que son una clase trabajadora», sostiene. Esta fragmentación impide la organización y la lucha por mejores condiciones.

Un llamado a la acción

El trabajo de Casilli y otros investigadores busca sacar a la luz esta realidad oculta. «Reconocer el valor de sus contribuciones es el primer paso hacia la reparación y el reequilibrio del poder», afirma en su libro. Mientras la IA se vende como autónoma y neutral, la evidencia muestra que depende de una mano de obra humana explotada y descartable.

El testimonio de Faustine Makira es un recordatorio de que detrás de cada interacción con un chatbot o cada predicción algorítmica, hay personas que pagan el precio de nuestra comodidad tecnológica. «¿Qué es este desarrollo de la IA?», pregunta en el documental la investigadora Uma Rani. «¿Cómo ayuda realmente a nuestra sociedad? ¿Es algo que realmente necesitamos?».


Este artículo se basa en la entrevista realizada por Nermeen Shaikh a Antonio Casilli en Democracy Now!, transmitida el 27 de agosto de 2026. Las declaraciones de Faustine Makira, Milagros Miceli y otros trabajadores e investigadores provienen del documental In the Belly of AI, dirigido por Henri Poulain.

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