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Kataleya, ni los barrios peligrosos ni los cuartos fríos aplastaron sus sueños


Kataleya Nativí Baca escapó de una vida de amenazas en Honduras, pero no esperaba que su viaje en busca de mejor vida duraría dos años

La fotógrafa estadounidense Danielle Villasana ha registrado en imágenes el recorrido de Kataleya a través del continente americano hasta cumplir su sueño de vivir en Estados Unidos

 

Por Dunia Orellana y Dashiel Allen Fotografías: Danielle Villasana

Edición: Dennis Arita Sistematización: Luis Vallecillo 

 

Nueva York, ESTADOS UNIDOS. “Te llamo porque te tengo una buena noticia. Te ganaste el ‘parole’ humanitario. Preséntate pasado mañana en la garita de San Ysidro”, dijo la voz en el celular.

El 6 de abril de 2021, Kataleya Nativí Baca apenas comenzaba a cocinar una carne a la plancha con frijoles cuando recibió la llamada que había estado esperando durante más de un año.

Iba a pisar por primera vez tierra estadounidense.

El “parole” humanitario le da permiso de un año para culminar su proceso de asilo permanente en Washington.

De esa manera se cumplió uno de sus sueños más grandes. “Voy a dejar de sufrir después de tantas cosas que me han pasado. Dios me escuchó”, le dijo, llorando, a su abogada en Tijuana.

“Me puse nerviosa. Ni me acordaba de la comida que estaba haciendo”, dice Kataleya, incapaz de controlar la emoción al relatar cómo se ganó la entrada a Estados Unidos después de dos años de incertidumbre. “Estuve llorando”.

Fue un momento agridulce porque sabía que iba a tener que dejar en Tijuana a su querido Ángel y a su gato Michu. “No llores, Ángel, le dije, porque sabes que este era mi sueño y Dios me está permitiendo cumplir mi objetivo”.

La mujer trans Kataleya Nativí huyó de la violencia en Honduras. Recorrió miles de kilómetros para comenzar una mejor vida en Estados Unidos. Foto: Danielle Villasana

 

Kataleya es una mujer trans originaria de San Pedro Sula, Honduras. Tras recibir múltiples agresiones físicas, verbales y emocionales de su familia y las pandillas, tuvo que emprender viaje a Estados Unidos el 9 de mayo de 2019 para encontrar una vida segura y digna.

“Salí como una fugitiva”, recuerda.

No se despidió de su madre, quien no la aceptaba, ni de su hermano, quien la había amenazado de muerte. Dejó a sus dos hijos gemelos en Honduras, sin saber cuándo ni cómo podría verlos otra vez.

No le quedaban otras posibilidades. Sabía que su vida corría peligro si se quedaba en el país.

Al principio, Kataleya no sabía que el camino iba a ser de dos años, pero su fe en Dios y en las personas que la acompañaban le dio la fuerza para seguir luchando y lograr sus sueños.

 

Kataleya ha vivido en medio de la discriminación. Espera que Estados Unidos su vida cambie. Foto: Danielle Villasana

 

En el cuarto frío de la garita de San Ysidro

 

No durmió “ni una gota”, como dicen en Honduras. A las cinco y media de la mañana del 8 de abril de 2021, dos días después de la llamada que selló su destino, Kataleya se despertó con un remolino de emociones.

No sabía qué la esperaba al otro lado de la frontera.

Hasta su gatito Michu se dio cuenta de que ese día iba a ser distinto a todos los anteriores porque no quiso salirse de la cama. “Es un gato muy sensible”, dice Kataleya.

 

Kataleya y su gato Michu en su apartamento en Tijuana. Michu murió en mayo de 2021.

 

Al salir de casa, no alcanzó a despedirse de su novio Ángel. Con las palabras “te amo”, lo dejó en Tijuana.

Para ingresar a Estados Unidos como persona migrante y transgénero, hay que pasar por una serie casi interminable de retenes. Incluso cuando la entrada es completamente sancionada por la ley, como en el caso de Kataleya, el movimiento de personas es tratado como crimen.

De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de California en Los Ángeles, se estima que entre los años 2012 al 2017, los Estados Unidos han recibido aproximadamente 11,400 solicitudes de asilo debido a persecución contra la comunidad LGTBIQ+. Entre ellos, más que la mitad de las aplicaciones eran del “triángulo norte” de América Central: Honduras, El Salvador, y Guatemala.

 

Apoyada en los hombros de otra mujer, Kataleya hace fila en la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (Comar) en Tapachula, en 2019.

 

Kataleya esperó en la fila junto a una madre guatemalteca y sus dos hijos, y un chico afrodescendiente. Ya sabía que por primera vez pisaba tierra estadounidense, pero al mismo tiempo estaba muy lejos de encontrar su libertad.

En el primer retén tuvo que quitárselo todo: “Mi faja y todas mis pertenencias. Incluso me quité el gancho del cabello”. La revisó una oficial, quien la discriminó por ser transgénero.

Después de todos los trámites burocráticos, la llevaron a una sala de espera, donde se sentó frente a la bandera de Estados Unidos.

Nunca imaginó lo que la esperaba en el retén siguiente. La retuvieron en un “cuarto frío”, especie de celda o casi cámara de tortura sin ventanas donde no tuvo ninguna pertenencia suya.

En el cuarto frío, según Kataleya, se pierde el sentido del tiempo. “Yo no sabía si era de día o de noche. A última hora me llevaron [un] burrito y juguito. Ya era de noche porque en la mañana me dieron [un] sándwich”.

No sabe exactamente cuánto tiempo se quedó ahí, pero adivina que fueron unas doce horas. “A última hora me hinqué en el colchón y le pedí a Dios que me diera fuerza y ánimos para soportar eso”.

Desesperada, oró para que su tiempo en el cuarto frío se acabara. Un oficial pasó por su puerta y dijo su nombre legal. “Ya estás fuera, me dijo. Bienvenida a Estados Unidos”, relata Kataleya.

Acogida en la Casa Rubí en Washington, DC, Estados Unidos, Kataleya sabe que su vida nueva recién empieza. Pronto va a presentar ante la corte su caso para recibir asilo permanente.

Ahora, dice, sus mayores objetivos son aprender inglés y terminar sus estudios en la escuela secundaria. Espera apoyar en Honduras a su padre, quien está interno desde 2019 en el hospital con una meningitis.

Él ya la aceptó como su hija.

 

Un camino de desilusión, alegría y retos

 

Su familia fue la primera que la rechazó y, como sucede en muchos casos de violencia contra mujeres trans, la gravedad de los hechos fue en aumento.

Cuando una madre o padre echa a su hijo o hija LGBTIQ+ del hogar, lo abandonan “a una vida de penurias y desprecio”, escribe Iris Rivera en un artículo para la revista Gay Time.

Cada vez que salía de casa, los grupos pandilleriles que tratan de ejercer su dominio en los distritos Rivera Hernández amenazaban a Kataleya.

Las maras y pandillas que se encuentran en las zonas urbanas y semiurbanas hondureñas son asociaciones típicamente machistas, para las cuales es inaceptable el desvío de la heteronormalidad que supone pertenecer a las poblaciones LGBTIQ+.

«Los hombres pueden hacer lo que quieran a las mujeres en Honduras», dijo la activista feminista Neesa Medina a ABC News, describiendo la cultura «machista» de las pandillas hondureñas. Para estos grupos, cualquier desviación de la heteronormatividad, como ser miembro de la comunidad LGBTQ+, representa una amenaza.

 

A pesar de las penurias de su viaje de dos años, Kataleya todavía tiene tiempo de arreglarse un poco en una calle mexicana.

 

Según la red Sin Violencia LGBT, al menos 1,300 personas LGBT han sido asesinadas en América Latina desde 2014. El 86% de los casos procede de Colombia, México y Honduras, incluyendo cerca de 500 mujeres trans.

Por eso lo más común es que estos grupos maltraten y violenten a las personas diversas como Kataleya. “Tuve violaciones”, dice Kataleya sin entrar en detalles.

Lo peor de todo fue que su propio hermano la agredió físicamente el 20 de abril de 2019. “No era aceptada por un hermano mío” por ser trans, cuenta, “por eso ya no aguantaba. Ya no quería estar en Honduras por todo lo que me estaba pasando”.

A pesar de todo, Kataleya aprovechó el tiempo para formarse, uniéndose a varias organizaciones de defensa de derechos LGBTIQ+. “Pertenecí a Cepres y finalicé en AFET”, dice.

Cepres es una ONG cuyo objetivo es empoderar a “hombres con orientación sexual diferente”, según su página de Facebook. Mientras tanto, AFET es la sigla de la Asociación Feminista de Personas Trans.

Para Kataleya, el ataque de su hermano fue la gota que colmó el vaso de la violencia que se había empezado a llenar con la muerte de su pareja, quien fue asesinado durante un asalto en febrero de 2009.

Ya desde 2009, el año de la muerte de su pareja, Kataleya era miembra de varias organizaciones diversas que la respaldaban y eran como el trago de agua fresca en medio del desierto de la incomprensión, el rechazo y la violencia.

No le quedó más salida que escapar de Honduras “como una fugitiva”, dice Kataleya. Antes de irse del país, solo se despidió de sus dos hermanas, sus cuñados y sus sobrinos. Su sobrino mayor se le colgó del cuello, rogándole que por favor no se fuera.

Todos estaban llorando mientras Kataleya les explicaba que era necesario irse si quería tener un futuro y ayudarles a superar la pobreza. “Mi hermana vive en una casa de madera muy humilde con su esposo. Mi otra hermana tenía casita de material [ladrillos] y de madera”.

“Te deseamos lo mejor en el camino” fue lo último que le dijeron antes de que Kataleya comenzara su aventura por la ruta del migrante, el 9 de mayo de 2019.

 

 

Kataleya pasó de una casa refugio a otra durante su estadía de dos años en tierra mexicana mientras esperaba el «parole» humanitario para entrar en Estados Unidos.

Kataleya en Tapachula: desempleo y acoso policial

 

En Tapachula, al sur de Chiapas, en la frontera con Guatemala, las posibilidades de empleo de Kataleya estaban gravemente limitadas. Sin los documentos correctos, “lo único a lo que podía optar era al trabajo sexual”.

En esa ciudad apodada “la cárcel del migrante”, Kataleya consiguió la visa humanitaria para circular, pero no para trabajar. A pesar de las limitaciones, en Tapachula “tenía acceso a mis hormonas” y no la rechazaron ni discriminaron cuando fue a un hospital chiapaneco a que la trataran de la clavícula.

Kataleya desechó la posibilidad de convertirse en trabajadora del sexo. Es una opción que no pueden permitirse la mayor parte de las mujeres trans hondureñas que se dedican a esa actividad para sobrevivir.

Kataleya conoció los riesgos del trabajo sexual en Honduras, y se prometió a sí misma que, si salía de Honduras, “no lo iba a desempeñar en México”. Sin embargo, habla con respeto de las mujeres trans que se dedican a esa actividad en tierra hondureña. “El trabajo no deshonra a nadie y no las discrimino porque es un trabajo”, dice.

Sin un centavo en el bolsillo, Kataleya iba “al río porque no teníamos donde lavar ropa y bañarnos”. Al menos pudo dejar de preocuparse por tener un sitio donde dormir. Se hospedó en un hotel de Acnur y un grupo de jesuitas la ayudó.

 

Mientras vivió en Tapachula, Kataleya iba seguido al río a bañarse y lavar su ropa.

 

Recuerda con agrado esos días en Tapachula en los que convivió con muchas mujeres centroamericanas: “Fue una experiencia bien bonita”, dice. Pero el peligro seguía acechando en cada esquina.

“Un policía se obsesionó conmigo y me lanzó la patrulla como queriendo matarme. Entonces decidí que Tapachula ya no era lo mío porque mi vida corría peligro”.

El policía pasaba merodeando cerca del apartamento que Kataleya compartía con dos compañeros que la hospedaron cuando se quedó en la calle. Nerviosa y con miedo por su vida, no tuvo más remedio que salir de Tapachula.

Era el 4 de septiembre de 2019 cuando partió a Tijuana.

 

Kataleya en su viaje en bus desde Tapachula a Tijuana. Foto: Danielle Villasana

 

Kataleya en Tijuana: tianguis y hambre

 

Cuatro días después, el 8 de septiembre, Kataleya se bajó de un bus en Tijuana, en la frontera mexicoestadounidense. Andaba el dinero justo y se sentía menos desvalida porque llevaba la visa humanitaria tramitada en Tapachula.

Pero ninguna visa protege de todos los peligros de la ruta del migrante. Y menos si la viajera es una mujer trans.

En Tijuana, Kataleya tuvo la suerte de encontrarse con otras personas diversas que le tendieron la mano. Conoció a una amiga “que ya está en Estados Unidos. Ella entró el año pasado. Siempre me decía ‘no te rindas, Kataleya’, y esto es lo que he hecho siempre”.

“¿Sabes qué son los sobre ruedas, los tianguis?”, pregunta Kataleya. Son “esas tiendas que se ponen a vender los fines de semana”, se responde ella misma.

Con las ventas en el tianguis de una amiga hondureña, Kataleya consiguió “donde dormir y un plato de comida”, pero “ningún pago”. Para ir al tianguis, se levantaba a las cuatro de la mañana. Al poco tiempo, las cosas empezaron a ponerse mal en su relación con su compatriota.

La situación se hizo insoportable en octubre. “Había días que ella no me dejaba dinero para comida ni las llaves de la casa. No me dejaban acceso a los alimentos. Dije ‘esto va cambiando conmigo. Me voy a ir’”.

Entonces comenzó su nuevo éxodo por los refugios mexicanos. El primero fue Casa Arcoiris.

 

Kataleya y su pareja, Ángel, en Tijuana. La vida siguió su curso normal mientras ella esperaba la hora de entrar en Estados Unidos. Foto: Danielle Villasana

De una casa a otra

 

Al principio, todo parecía avanzar como debía. A Kataleya le dieron un número -4,050- para cuando se le permitiera entrar a Estados Unidos y presentar su caso de asilo ante un juez. Debido a la política de MMN («Permanecer en México») de la era Trump, tuvo que esperar en Tijuana antes de ser llamada, pero no tardar ser más que un par de meses.

Pero eso fue antes de la pandemia, y en marzo de 2020 todo se cerró. Al inicio de la COVID, la frontera entre México y Estados Unidos, como casi todo el mundo, se paralizó.

Entonces, la administración Trump introdujo una norma conocida como Título 42 que utiliza la excusa de la crisis sanitaria para «eludir las leyes estadounidenses e internacionales que protegen a los refugiados», impidiendo que todas y cada una de las personas soliciten asilo o inmigren de otro modo a Estados Unidos. La norma, que ha sido criticada por grupos de derechos humanos como Amnistía Internacional, aún no ha sido revocada por el gobierno de Biden.

El caso de Kataleya estaba en el limbo, y durante un tiempo no supo si llegaría a Estados Unidos.

Kataleya llegó a Arcoiris porque conocía a dos salvadoreñas, Priscila Ramírez y Gina Shantal, quienes la condujeron al albergue. En Arcoiris todo fue “muy bonito, tuvimos varias fiestas”, relata.

En una de las fiestas en el albergue, Kataleya conoció a un mexicano residente en Estados Unidos, quien la llevó a varias partes de Tijuana como su “dama de compañía”.

La felicidad se terminó cuando un “chico gay de Guatemala” la amenazó. Entonces “decido irme para otro albergue”, el Casa Mariposa, adonde llegó el 13 de diciembre de 2019.

En febrero, una bronquitis muy fuerte la hizo buscar ayuda médica. Cuando se recuperó, tomó sus cosas y se fue a Casa de Luz.

En Casa de Luz conoció el amor y le hicieron “la vida imposible”. En el albergue que se anuncia en Facebook como “un espacio colectivo e incluyente formado por la comunidad LGBTI migrante”, Kataleya se enamoró del hondureño Ángel Ortiz, nacido en Tegucigalpa.

 

Kataleya en medio de las tareas de la casa en el apartamento de Tijuana. Foto: Danielle Villasana

 

Su relación con Ángel se selló en el lugar menos esperado. Junto al muro que divide a San Diego de Tijuana.

“Fui a ver por segunda vez el muro y allí me dice que si quiero ser su novia. [Fue] muy bonito porque íbamos en la playa, no había empezado la pandemia. Le dije en el muro que sí, está bien, le voy a dar la oportunidad porque esos son mis planes de seguir adelante. Quiero tener una relación con alguien”, relata Kataleya.

Durante cinco meses, de febrero a julio de 2020, Kataleya permaneció en Casa de Luz. Las cosas otra vez tomaron mal rumbo porque empezaron a hacerle “la vida imposible” hasta que prefirió salirse del albergue.

Gracias a la labor de su abogado del Transgender Law Center, Kataleya pudo finalmente entrar en Estados Unidos el 8 de abril de 2021, después de que el presidente Biden emitiera un memorando en el que daba instrucciones a las agencias fronterizas para que dieran prioridad a los casos de solicitantes de asilo LGBTQ+.

 

Las mujeres trans tienen pocas ocasiones para celebrar, pero Kataleya y Ángel encontraron motivos de alegría en Tijuana. Foto: Danielle Villasana

 

Kataleya y Danielle

 

En su viaje desde un barrio de una zona conflictiva en Honduras hasta su nueva vida en Estados Unidos, Kataleya ha tenido que dejar muchas cosas atrás. A pesar de la distancia, no se olvida de los lugares que amó en Honduras y de sus familiares. Tampoco de Danielle Villasana.

Nada presagiaba que una tarde calurosa de abril de 2018 iba a nacer un vínculo especial que se mantiene hasta hoy y vence a las adversidades en un viaje en el que dos mujeres han recorrido la mitad de América.

Una mujer cisgénero, Danielle Villasana, y una trans, Kataleya, se conocieron hace tres años en el Museo de Antropología e Historia del municipio de San Pedro Sula.

Coincidieron en ese sitio histórico del centro sampedrano, rodeado de árboles de guanacaste, gracias a la intervención de la directora del medio digital independiente Contracorriente, Jennifer Ávila, y del activista LGBTIQ+ Osman Lara.

Ávila y Lara las pusieron en contacto porque Danielle estaba realizando un fotorreportaje sobre las mujeres trans en Honduras. Para poder llevar a cabo su trabajo, la fotoperiodista independiente necesitaba ayuda de campo y Kataleya era la indicada para apoyarla.

El microclima agradable del museo donde se conocieron contrasta con el ardiente calor de los dos distritos que forman la zona conocida como Rivera Hernández, donde Kataleya vivió 20 años.

Rivera Hernández, en el este de San Pedro Sula, es un lugar hostil, con apenas árboles, pero con muchos retos que afrontar, como la alta vulnerabilidad a las inundaciones y la criminalidad desatada por el desempleo, las pandillas y el narcotráfico.

 

Kataleya observa, desde el lado de Tijuana, la tierra estadounidense de la que solo un muro la separa. Foto: Danielle Villasana

 

A pesar de vivir en medio de tantos desafíos, los pobladores del distrito trabajan día a día por llevar el pan a sus casas. Kataleya era en ese momento una de lxs 801,259 habitantes de San Pedro Sula que trataban de sobrevivir en ese ambiente problemático y peligroso.

Honduras es un país donde las personas LGBTI+ como Kataleya no tienen derechos civiles. Tienen prohibido cambiar de nombre, casarse, adoptar, donar sangre, no tienen protección social para sus parejas ni derecho a la visita íntima. Tampoco tienen acceso a la salud, educación, trabajo, justicia y seguridad social.

“Iba a encontrarme con Jennifer Ávila y Kataleya estaba con ella”, relata Danielle. “Así nos conocimos, pero no quedamos en contacto. En 2019, cuando estaba en Honduras de nuevo, nuestro amigo mutuo Osman Lara nos puso en contacto porque ya Kataleya estaba pensando irse”.

Osman conocía el proyecto de Danielle, consistente en documentar comunidades de mujeres trans. El proyecto empezó en 2012. Danielle lleva casi diez años fotografiando a comunidades de mujeres trans en Argentina, Perú, El Salvador, Guatemala, Honduras y México.

Danielle se enfoca en este tema porque “falta sensibilizar a la sociedad. Falta educación sobre los temas por la transfobia, el rechazo y la falta de acceso al trabajo y salud”, dice la fotodocumentalista nacida en Texas, Estados Unidos. “Los medios tradicionales siempre se enfocan en solo una parte de sus vidas, quizás la más sensacionalista”.

 

 

Un vínculo que atraviesa distancias

 

El activista LGBTIQ+ Osman Lara le comentó a Kataleya de qué trataba el proyecto de Danielle y Kataleya se interesó en que la fotodocumentalista la siguiera.

“Ahí empezamos a escribirnos”, relata Danielle, “pero las primeras fotos que le tomé fueron esa noche, cuando su hermano la golpeó. Me llamó desde su casa después de que pasó eso y la encontré en la comisaría de policía”.

Quizás lo más especial de la mirada de Danielle es su forma de documentar la vida diaria de sus sujetos. No lo hace con el propósito de mostrar únicamente lo banal ni perderse en todas las atrocidades enfrentadas por las mujeres trans. De esa manera evita la revictimización.

El viaje de Kataleya que Danielle Villasana ha ido registrando en imágenes es el de las hondureñas y hondureños desplazados por la violencia dentro y fuera del hogar. La razón por la que esta mujer trans hondureña se fue de su país es haber sido “golpeada, agredida verbal, física y emocionalmente”.

Por suerte, el destino puso en el camino a un “ángel tan hermoso como Danielle”, dice Kataleya. “Le he tomado mucho amor, mucho cariño. La quiero y aprecio como una hermana mayor. Han sido momentos difíciles y bellos que he tenido con ella durante este recorrido”, dice Kataleya.

El trabajo de Danielle está enfocado en la “vida diaria” de Kataleya y otras personas diversas.

La fotodocumentalista estadounidense evita el sensacionalismo en sus imágenes. “Yo no quería hacer eso con mi trabajo”, explica. En cambio, se centró en “las consecuencias de la transfobia. No solamente en el trabajo sexual”.

Lo que Danielle busca con sus fotos es “intentar nuevas narrativas para que la gente se sensibilice más y entienda que las mujeres trans son personas muy dinámicas, [con] vidas llenas de riqueza, no solo tragedia, pero no quiero evitar los retos porque existen”.

Las mujeres como Kataleya son, para Danielle, “muy inspiradoras. Me han enseñado bastante. Tienen mucho coraje, son muy fuertes. Me impresiona mucho su coraje y todo lo que han superado a pesar de que casi toda la sociedad está en contra de ellas, sobre todo en Latinoamérica”.

La fe es la luz que ha iluminado el camino de Kataleya. “Puedo arrodillarme dondequiera y pedirle a Dios”, dice. “Traigo una mochila de sueños. Tengo que lograr todo lo que yo quiero en mi vida”.

 

 

 

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